lunes, 28 de diciembre de 2009

El viejo pastor



Manuel camina, busca su propia senda sobre un mar de barro, avanza entre olas de tierra maldiciendo su jodida estampa, pintado de verde y ocre, envuelto en un calabobos maldito, otoñal, liviano, persistente; que se cuela bajo su chubasquero azul, que empapa su piel arrugada, sus huesos viejos y sus articulaciones oxidadas.

Con cada paso, sus piernas se hunden un poco más, luchan con el sendero y suenan por dentro como un cascajo al sentir el pesado abrazo de la madre tierra, aferrada a las botas cual amante despechada; Manuel suda y bufa como un toro en celo, se cuelga de su cayado mientras da tumbos por el camino, mientras se siente extrañamente cansado, desfondado, destemplado, helado como pocas veces antes.

Manuel no tiene muchas luces, nunca estudió, ni conoce más letras que las que componen su nombre, no las necesita para saber a las claras el origen de su enfermedad, es viejo y está viejo, no duerme como antes, ni come como antes, ya no mea del tirón; no hace falta ser un genio o un doctor para saber lo que le dijo su padre una y mil veces, los años son ladrones de guante blanco, roban las fuerzas y el aliento, y no te das cuenta hasta que es demasiado tarde, hasta que tienes una pata en la tumba.

Por fin, llegado a su chozo, el viejo pastor se libra de la lluvia y de la ropa húmeda, entra en calor, come liviano y se prepara un café de puchero, echa un ojo a los cielos, busca las pistas de una mejora, una que permita volver a salir con el ganado antes de que llegue el frío, el de verdad, el que cubre de blanco el valle y congela el río, el que hace que los árboles parezcan de cristal y el tiempo se detenga, el que azuza el hambre de los lobos y se lleva para siempre a los animales más viejos, el que destruye y renueva, general invierno impávido, insensible, el hijo de la gran puta.

Viviendo sin prisa pero sin pausa, el viejo busca en su zurrón la bolsa de tabaco, mete mano y saca un puñado que coloca pacientemente sobre un papelillo, construye un cilindro perfecto con boquilla que se echa a la comisura del labio y prende disfrutando de la primera calada del día.

Paz que no dura mucho, a lo lejos, por las pistas forestales de repente surge un rugido repetido, un petardeo de motor incómodo seguido de media docena de muchachos que montados en extrañas motos de cuatro ruedas, suben y bajan por la ladera, juegan y borran el sendero, derrapan, ríen y beben de latas metálicas que luego arrojan al arroyo, asustan a los perros, al ganado, lo dejan todo lleno de mierda; ji, ji, ja, ja, que divertido, desde lo lejos el viejo los mira, suspira, se caga en sus muertos y pega cuatro voces, se cansa, los ve alejarse tras un rato, haciéndole burla.

Vuelve a su pitillo, por un segundo se permite el lujo de soñar despierto, se imagina bajando hasta el pueblo, cogiendo el autobús y viajando a la capital, llegando a las casas de los intrusos y llamando al timbre, diciendo “hola buenas, será sólo un segundo”, entrando a sus salones, con los pantalones bajados, con los calzones por las rodillas, se imagina cagando, dejando un zurullo calentito, una mierda hermosa sobre su alfombra, un chorizo imponente, se imagina las caras de sus anfitriones al verlo, sus jetos y sus bocas abiertas de par en par, sonríe primero, ríe después, despierta y vuelve al mundo, pena de realidad, aprovecha para mirar al cielo, que los sueños, sueños son; mala pinta tiene el negro horizonte, maldita sea, a ver si en un par de días con suerte escampa y puede volver al tajo.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Amor constante más allá de la muerte.




Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.


viernes, 18 de diciembre de 2009

La conjura de Venecia



Arrastrando su pierna coja por la cuesta del puente de Rialto, un mendigo extraño camina entre el caos dando tumbos, con la cabeza y las orejas gachas, oculta su rostro disimuladamente, se caga en su maldita estampa y mientras cubre sus vergüenzas con una capa roída, repleta de mierda, lamparones y otras medallas ganadas en los prostíbulos, empuña disimuladamente bajo sus mangas descosidas, una fina y larga daga del mejor acero toledano, por si, llegado el momento no queda otra que despedirse de este mundo cruel ensartando como a un pincho moruno al primer veneciano que le diga que bonitos ojos tienes, cordero.

De reojo, arrastrado por el tumulto, el mendigo mira hacia el Gran Canal, a las aguas repletas de bultos, de espaldas trinchadas flotando boca abajo como boyas, monigotes con el cuello rajado de parte a parte por obra y gracia del Consejo de los Diez, la panda de hijos de perra que han organizado ésta fiesta en Venecia, una en la que todos los súbditos de Felipe III están invitados.

Mierda, se lo debiera haber olido, con el de Osuna, Miedo del Mundo le llaman, practicando el corso en secreto contra las naves Venecianas, aliviándoles el peso de las carteras con una sonrisa en la boca, estaba cantado que antes o después algo así podría ocurrir, ahora es demasiado tarde, ahora la multitud exige sangre, gritan, muerte al intrigante, muerte al Duque de Osuna, muerte al Marques de Bedmar, muerte a ése poeta bastardo que responde al nombre de Quevedo, querían secuestrar al Dux, querían acabar con la Serenísima República, someterla, ahora los esbirros de los conspiradores flotan en el canal, los extranjeros cuelgan por los pies en la piazzetta de San Marcos.

Así, el poeta y espía transmutado a mendigo escurre el bulto, se sabe la guinda para el pastel de carne picada que le están preparando al Dux, si sale de ésta tiempo habrá de componer un soneto, de cantar su aventura y afilar el verbo, de ajustar cuitas, hoy por hoy con poner a buen recaudo su pellejo es suficiente.

Camina, huye sin que se note demasiado, es esas está cuando alguien cree reconocerle, le da el alto.

¿Quien eres?, ¿Dónde vas?

Quevedo, se hace el longuis, responde con el mejor acento veneciano del mundo, huele a vino, huele a mierda, su actuación es perfecta, anula las sospechas de su interlocutor, que arruga el morro, le empuja y le manda al infierno.

Quevedo sonríe, escapa, esa noche quemarán su retrato por no encontrarle a él, mientras, el poeta, lejos ya del peligro, se palpa las entretelas y suspira, después de todo está vivo, de milagro.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un español en Núremberg



El hombre moreno de ojos grandes y sonrisa inmensa está nervioso, nota como su corazón late a mil por hora y su mano derecha se aferra inconscientemente al estrado, al minúsculo receptáculo de madera desde el que se dispone a resumir cuatro años en el infierno; difícil tarea, prácticamente imposible; el muchacho aclara su garganta y se coloca dos enormes auriculares de metal sobre sus oídos, escucha cómo desde ellos surgen palabras entrecortadas en distintos idiomas, una torre de babel en miniatura que momentáneamente lo distrae; por dentro maldice, no puede ser, no debe perder el hilo de lo que tiene que decir, disimuladamente aparta el artefacto de sus orejas y se centra, atento a los hombres de negro que le miran con indiferencia desde las alturas.

Frente a él, a poca distancia, los chicos malos, se revuelven, a ningún asesino le gusta ver el jeto de su víctima, cercados por una hilera de esfinges con casco blanco made in USA, los dueños y señores del Tercer Reich, ponen cara de hermanitas de la caridad, musitan por lo bajini aquello de “yo no he sido, a mi que me registren” y se colocan de lado esperando que la mierda que hoy sopla en su dirección no les salpique demasiado.

-¿Cuál es su nombre?

-Francisco Boix.

-¿Es usted francés?

-No, soy un refugiado español.

-Repita el siguiente juramento…

Y ahí comienza, Boix jura, habla, cuenta su historia y la de los miles de compatriotas que se dejaron la piel subiendo 186 escalones; el preso 5185 del campo de exterminio de Mathausen dice que es fotógrafo, que como tal comenzó a trabajar revelando las fotos de sus verdugos, las mismas con las que se documentaba, se clasificaba y se protocolizaba la muerte, retratos en blanco y negro, souvenirs de los guardas SS, que Boix de extranjis duplicó y escondió, pruebas del genocidio salvadas de la quema al final de la guerra.

Fotos que muestran las visitas al campo de los que ahora agachan la cabeza, de los que en ése momento se excusan diciendo que no sabían nada, fotos de hombres orgullosos y altivos que se felicitan por su trabajo, que se dan palmaditas en la espalda delante de congéneres reducidos a esqueletos.

Llegado el momento, Boix identifica a Kaltenbrunner, enseña su foto y con sus palabras desliza una soga sobre su cuello, cuando se lo piden, se levanta y señala a Speer, el arquitecto que algunos llaman nazi bueno, le recuerda su visita al infierno, sus sonrisas y sus compadreos con los demonios de papi Adolf, consigue con su dedo acusador que a Speer se le acabe la saliva de repente, que el oxígeno que lo envuelve desaparezca como por arte de magia.

Boix habla, a veces tan rápido que es difícil entenderle, una palabra, una letra por cada amigo muerto, por cada vejación, por cada lágrima, por cada suspiro; al terminar está exhausto, desliza sus ojos hasta el banquillo de los acusados y comprueba que ninguno de ellos le mira a la cara, respira hondo, desea con cada átomo de su cuerpo que ésa valiente panda de hijos de puta se pudra en el infierno.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La perfecta alquimista



Cuando la negra puerta del Chrysler se abre, M. se queda sola ante el dragón, pequeña, vulnerable y aterrada, siente durante un segundo el tiempo detenido, suspendido sobre la nada, minúscula fracción de paz antes de la tormenta, antes de que, como un golpe en el rostro, los gritos apagados por el cristal tintado se vuelvan de repente agudos, histéricos, hirientes, penetrantes, taladren sus tímpanos, inunden el espacio reducido del vehículo, produzcan una riada acompañada de mil destellos repetitivos, deslumbrando su mirada, cegando su mundo de cartón piedra.

Es el momento, M. desciende con cuidado, elegante, inerte por dentro, se yergue ante la bestia, ante la multitud reunida para ver el firmamento, estrellas del celuloide en comunión para mayor gloria de sí mismas, saluda levantando la mano lentamente, como intentando resguardarse ante una tormenta de luz que arrecia, que se refleja en la ristra de diamantes engarzados sobre su cuello, que ilumina su traje italiano, su cuerpo para el pecado.

M. escucha su nombre una y mil veces, todo el mundo la llama, todo el mundo la desea, camina hacia la entrada robando corazones, siguiendo un sendero pintado de rojo, sonriendo, reprimiendo sus ganas de salir corriendo, perfecta alquimista, M. transmuta su pena en alegría, posa, se gira y avanza, un pasito más, aguanta sus impulsos, llora por dentro, se acerca hasta la meta, hasta el oscuro teatro repleto de bencedrinas y ego, de sonrisas perfectas y miserias bañadas en oro.

A cada paso, siente como sus tacones golpean firmes el suelo, generan una vibración que asciende por sus piernas perfectas, que se cuela en el lugar en que debieran encontrarse sus tripas, su corazón, y su alma, un hueco difícil de llenar, un vacío inmenso recubierto por una bella carcasa doliente.

El aire se puede acabar a cielo abierto, pero M. cumple, por algo es una profesional de los sueños ajenos, hoy llega a su meta de milagro, hoy su cuerpo ha aguantado el envite, ha derrotado a la bestia, ha evitado vomitar frente al mundo, pintar de realidad la necedad de aquellos que invocan su nombre, mostrar la mierda, mandar a la mierda, huir, recuperar una intimidad perdida, dejar de ser un anhelo y quizás, sólo quizás, volver a sentirse persona.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Jueces, verdugos y afrancesados



Camino del patíbulo, no hay más realidad que la que termina con el último aliento ni más certeza que la muerte, fría e imperturbable, impasible; es imposible luchar contra ella, el tiempo juega a su favor, son compañeros de correrías, amigos del alma; Solano casi puede sentir su presencia al final de la calle, casi puede ver su sombra paseando entre la turba, oscura, tenebrosa, disimulando entre mil caras desconocidas, sonriendo impaciente, afilando su guadaña, esperando su turno, susurrándole en la nuca con su aliento helado, indicándole el caminito hacia ninguna parte.

Llegados a éste punto es difícil morir con dignidad, ésta se pierde volando cuando a uno le inflan la cara a hostias, cuando te patean las costillas con saña; arrastrado, humillado, el General Solano y Ortiz de Rozas es como un Ecce Homo con charreteras y galones, sólo que un poco menos resignado, a cada golpe, a cada escupitajo, a cada bofetada, contesta con un sonoro “hijos de puta”, mientras espera el milagro, mientras mira de reojo bajo sus párpados hinchados, buscando entre la multitud a su guardia personal, a ver si suena la flauta y el bueno de San Martín se presenta con tres docenas de hombres, repartiendo generoso plomo caliente a la multitud enloquecida.

No va a ser posible, toca comulgar con ruedas de molino y atadas al pescuezo, Solano traga saliva, la poca que le queda, está mezclada con sangre, deja un gusto agridulce, siente la boca seca y escupe, al hacerlo pierde un diente, da igual, no lo necesita en el lugar al que se dirige, frunce el ceño, intenta recomponerse, recupera la verticalidad perdida y mira a sus agresores, sus caras desencajadas, son como una jauría, pobre y miserable a la que se le está cayendo el mundo encima, gritan traidor, gritan afrancesado, sus voces rajan sus gargantas, quieren armas, quieren matar, ahora que han capturado a su presa, no van a saciarse, no hasta que los pies del General estén haciendo círculos en el aire.

Debiera haber sido más listo, debiera haberse puesto de perfil, intentar no dialogar con una manada en estampida, darles armas, decir que si a todo, gritar más alto que nadie aquello de muerte al invasor, ponerse un disfraz de patriota, armar un ejército de albañiles, campesinos y carpinteros, mandarlos directos a la trituradora, así hubiese salvado su culo, así nadie le hubiese llamado afrancesado, es curioso, el condenado casi siente lástima por sus verdugos, por los hombres que hoy ven en su rostro un fiel reflejo del mismo demonio, gritan y suspiran por reyes absolutos, por curas miserables, por validos corruptos, panda de idiotas, necios, piensan que con su muerte la guerra estará ganada, piensan que a Napoleón se le puede hacer frente con palos y piedras, con escopetas de caza y cuchillos de carnicero, como si sus húsares y sus mamelucos fueran hermanitas de la caridad, como si no supieran hacer a la perfección su trabajo.

Con su pan se lo coman, cuando por fin, a pocos metros de la soga una mano amiga le cose a puñaladas sus dudas terminan por la vía rápida, lo agradece durante su último segundo sobre la faz de la tierra, mejor eso que colgar como un chorizo, cuando besa el suelo, la multitud aúlla, se siente feliz por haberse erigido juez y verdugo, cosa que a nadie le extraña, así es como funciona un linchamiento, así es como funciona la estupidez del alma humana.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Amores perros


En la terraza del café “Deux Magots” hay una mujer de pelo negro y mirada triste, sus manos son finas y alargadas, elegantes y perfectas, bellas, sostienen una pequeña navaja, diminuta, reluciente, refleja la fría luz del invierno sobre el filo, un arma que contrasta sobre el blanco impoluto de los guantes de la joven, asida por unos dedos frágiles pero fuertes, decididos, gobernados por la atenta mirada de dos ojos enormes que desarrollan hipnotizados un ritual estúpido, desquiciado.

Con la mano izquierda extendida como una estrella sobre la mesa de madera, con los dedos separados al máximo unos de otros, el reto es puntear con el extremo del acero afilado, el espacio que queda libre entre la carne, toc, toc, toc, cada vez más deprisa, haciendo saltar al cuchillo entre los dedos, uno, dos… uno, dos, tres… uno, dos, tres, cuatro… siguiendo un orden preciso, rápido, ejecutan un juego malabar pintado de sangre, es inevitable, al acelerar el ritmo, el filo, antes o después falla el objetivo, corta el guante y la piel que descansa debajo, mancha de rojo la superficie de la mesa, genera murmullos entre el grupo de clientes que miran de reojo y señalan con disimulo a la extraña.

Muchos piensan que Dora está loca, puede que tengan algo de razón, de entre todos los allí presentes sólo un hombre se levanta, se acerca impresionado a la mujer, es pequeño, de complexión fuerte, moreno, con un flequillo poco poblado que le cae sobre la frente ocultando por momentos dos ojos inquietos, abiertos como platos; se presenta, le dirige unas palabras en francés con acento español y le ruega que le regale sus guantes ensangrentados, hace que ella abandone su juego idiota, que le conteste sorprendida, al hacerlo, tras la primera mirada, tras el primer encuentro, la mujer del pelo negro y ojos tristes llega a una sencilla conclusión, siente el mundo se puede ir al carajo, está enamorada, hasta las trancas, de forma brutal, sincera e irracional.

Cosas del destino, sus manos heridas y sangrantes no son más que un presagio exacto de su futura relación con el desconocido, de los tiempos que quedan por delante, de la guerra, de la locura, del miedo y de la pérdida, de un amor extraño e intenso, condenado al desastre, a la infidelidad y a la ceniza; antes de ella dicen que Picasso acariciaba la idea de abandonar la pintura, de dedicarse a la poesía, por suerte no lo hizo, por su parte Dora, la mujer de las lágrimas más bellas, muchos años después de ése primer encuentro, después de una vida entera y ya con los recuerdos acumulados entre sus arrugas al hablar del genio, dirá:

“Yo no fui su amante, él sólo fue mi amo”.

martes, 1 de diciembre de 2009

El monstruo del armario



Con seis años de vida, Abraham ya no tiene manos de niño, sus dedos han envejecido antes de tiempo, ahora son alargados, huesudos, se ven pálidos desde la penumbra; cuando el pequeño estira sus brazos, los introduce de lleno en el haz de luz que se cuela por la puerta y observa absorto las sombras chinescas que pintan el techo, construye con ellos caducos animales y monstruos sobre su cama, mariposas, leones y leviatanes, terribles seres efímeros que representan a su antojo una y mil historias, criaturas frágiles después de todo, capaces de morir con un simple soplido sobre una vela o con un sencillo rayo de luz en la mañana.

Encadenado a su propia debilidad, Abraham construye mundos que sólo se encuentran en su cabeza, lugares solapados con una realidad desconocida que según le cuentan, se extiende más allá de las cuatro paredes de su casa; planetas que no ha pisado jamás pero que ha visitado mil veces, tierras extrañas de héroes bondadosos y villanos malditos, pobladas por personajes de fantasía ajenos a las leyes de los hombres, a la dictadura del tiempo y de la condición humana, el mismo tiempo que para él cada día discurre lento, espeso, denso, con el segundero marcando minutos que parecen horas y horas que parecen días enteros.

Tic, tac, el ruido del reloj se mete en su sesera, se mezcla con el llanto de su hermano recién nacido y le desquicia, resopla nervioso, sabe que antes o después el demonio de cara alargada, tez mortecina y bata blanca volverá a por su sangre, debe estar preparado, debe protegerse, con esfuerzo junta todas las energías que quedan en su maltrecho cuerpo y se levanta de la cama, se cuelga la sábana al cuello a modo de capa y convierte su almohada en escudo, estudia su reflejo en el espejo de su madre, su pequeño rostro blanquecino, minúsculo y breve, su cuerpo construido a base de huesos, tendones y poca chicha, que se pone en guardia frente a si mismo, frente al fantasma que se dibuja en el cristal, venderá caro su pellejo, con su espada invisible y su escudo de plumas cortará la cabeza de su enemigo, con su pijama reconvertido en armadura aguantará todos los envites, todos los golpes, todas las mordeduras del vampiro.

Abraham reparte mandobles imaginarios, por lo menos dos o tres antes de notar como de repente, sus extremidades comienzan a pesar, transmutadas en plomo, antes de sentir pequeñas gotas de un líquido frío descendiendo por su frente, una sensación extraña que le recorre como un calambre la espalda, que acaba en tiritona, que le recomienda volver sobre sus pasos a la cama, el lugar donde se desploma, donde se vuelve sobre si mismo y se jura que le día en el que pueda correr, nadie nunca le podrá alcanzar.

Otra vez será, mañana, quizás, o pasado, un día de estos, hasta entonces, respira hondo y se abandona al sueño, deja que por una vez y sin que sirva de precedente, sea el monstruo del armario el que gane la batalla.