martes, 1 de diciembre de 2009

El monstruo del armario



Con seis años de vida, Abraham ya no tiene manos de niño, sus dedos han envejecido antes de tiempo, ahora son alargados, huesudos, se ven pálidos desde la penumbra; cuando el pequeño estira sus brazos, los introduce de lleno en el haz de luz que se cuela por la puerta y observa absorto las sombras chinescas que pintan el techo, construye con ellos caducos animales y monstruos sobre su cama, mariposas, leones y leviatanes, terribles seres efímeros que representan a su antojo una y mil historias, criaturas frágiles después de todo, capaces de morir con un simple soplido sobre una vela o con un sencillo rayo de luz en la mañana.

Encadenado a su propia debilidad, Abraham construye mundos que sólo se encuentran en su cabeza, lugares solapados con una realidad desconocida que según le cuentan, se extiende más allá de las cuatro paredes de su casa; planetas que no ha pisado jamás pero que ha visitado mil veces, tierras extrañas de héroes bondadosos y villanos malditos, pobladas por personajes de fantasía ajenos a las leyes de los hombres, a la dictadura del tiempo y de la condición humana, el mismo tiempo que para él cada día discurre lento, espeso, denso, con el segundero marcando minutos que parecen horas y horas que parecen días enteros.

Tic, tac, el ruido del reloj se mete en su sesera, se mezcla con el llanto de su hermano recién nacido y le desquicia, resopla nervioso, sabe que antes o después el demonio de cara alargada, tez mortecina y bata blanca volverá a por su sangre, debe estar preparado, debe protegerse, con esfuerzo junta todas las energías que quedan en su maltrecho cuerpo y se levanta de la cama, se cuelga la sábana al cuello a modo de capa y convierte su almohada en escudo, estudia su reflejo en el espejo de su madre, su pequeño rostro blanquecino, minúsculo y breve, su cuerpo construido a base de huesos, tendones y poca chicha, que se pone en guardia frente a si mismo, frente al fantasma que se dibuja en el cristal, venderá caro su pellejo, con su espada invisible y su escudo de plumas cortará la cabeza de su enemigo, con su pijama reconvertido en armadura aguantará todos los envites, todos los golpes, todas las mordeduras del vampiro.

Abraham reparte mandobles imaginarios, por lo menos dos o tres antes de notar como de repente, sus extremidades comienzan a pesar, transmutadas en plomo, antes de sentir pequeñas gotas de un líquido frío descendiendo por su frente, una sensación extraña que le recorre como un calambre la espalda, que acaba en tiritona, que le recomienda volver sobre sus pasos a la cama, el lugar donde se desploma, donde se vuelve sobre si mismo y se jura que le día en el que pueda correr, nadie nunca le podrá alcanzar.

Otra vez será, mañana, quizás, o pasado, un día de estos, hasta entonces, respira hondo y se abandona al sueño, deja que por una vez y sin que sirva de precedente, sea el monstruo del armario el que gane la batalla.

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