jueves, 10 de diciembre de 2009

Jueces, verdugos y afrancesados



Camino del patíbulo, no hay más realidad que la que termina con el último aliento ni más certeza que la muerte, fría e imperturbable, impasible; es imposible luchar contra ella, el tiempo juega a su favor, son compañeros de correrías, amigos del alma; Solano casi puede sentir su presencia al final de la calle, casi puede ver su sombra paseando entre la turba, oscura, tenebrosa, disimulando entre mil caras desconocidas, sonriendo impaciente, afilando su guadaña, esperando su turno, susurrándole en la nuca con su aliento helado, indicándole el caminito hacia ninguna parte.

Llegados a éste punto es difícil morir con dignidad, ésta se pierde volando cuando a uno le inflan la cara a hostias, cuando te patean las costillas con saña; arrastrado, humillado, el General Solano y Ortiz de Rozas es como un Ecce Homo con charreteras y galones, sólo que un poco menos resignado, a cada golpe, a cada escupitajo, a cada bofetada, contesta con un sonoro “hijos de puta”, mientras espera el milagro, mientras mira de reojo bajo sus párpados hinchados, buscando entre la multitud a su guardia personal, a ver si suena la flauta y el bueno de San Martín se presenta con tres docenas de hombres, repartiendo generoso plomo caliente a la multitud enloquecida.

No va a ser posible, toca comulgar con ruedas de molino y atadas al pescuezo, Solano traga saliva, la poca que le queda, está mezclada con sangre, deja un gusto agridulce, siente la boca seca y escupe, al hacerlo pierde un diente, da igual, no lo necesita en el lugar al que se dirige, frunce el ceño, intenta recomponerse, recupera la verticalidad perdida y mira a sus agresores, sus caras desencajadas, son como una jauría, pobre y miserable a la que se le está cayendo el mundo encima, gritan traidor, gritan afrancesado, sus voces rajan sus gargantas, quieren armas, quieren matar, ahora que han capturado a su presa, no van a saciarse, no hasta que los pies del General estén haciendo círculos en el aire.

Debiera haber sido más listo, debiera haberse puesto de perfil, intentar no dialogar con una manada en estampida, darles armas, decir que si a todo, gritar más alto que nadie aquello de muerte al invasor, ponerse un disfraz de patriota, armar un ejército de albañiles, campesinos y carpinteros, mandarlos directos a la trituradora, así hubiese salvado su culo, así nadie le hubiese llamado afrancesado, es curioso, el condenado casi siente lástima por sus verdugos, por los hombres que hoy ven en su rostro un fiel reflejo del mismo demonio, gritan y suspiran por reyes absolutos, por curas miserables, por validos corruptos, panda de idiotas, necios, piensan que con su muerte la guerra estará ganada, piensan que a Napoleón se le puede hacer frente con palos y piedras, con escopetas de caza y cuchillos de carnicero, como si sus húsares y sus mamelucos fueran hermanitas de la caridad, como si no supieran hacer a la perfección su trabajo.

Con su pan se lo coman, cuando por fin, a pocos metros de la soga una mano amiga le cose a puñaladas sus dudas terminan por la vía rápida, lo agradece durante su último segundo sobre la faz de la tierra, mejor eso que colgar como un chorizo, cuando besa el suelo, la multitud aúlla, se siente feliz por haberse erigido juez y verdugo, cosa que a nadie le extraña, así es como funciona un linchamiento, así es como funciona la estupidez del alma humana.

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