lunes, 14 de diciembre de 2009

La perfecta alquimista



Cuando la negra puerta del Chrysler se abre, M. se queda sola ante el dragón, pequeña, vulnerable y aterrada, siente durante un segundo el tiempo detenido, suspendido sobre la nada, minúscula fracción de paz antes de la tormenta, antes de que, como un golpe en el rostro, los gritos apagados por el cristal tintado se vuelvan de repente agudos, histéricos, hirientes, penetrantes, taladren sus tímpanos, inunden el espacio reducido del vehículo, produzcan una riada acompañada de mil destellos repetitivos, deslumbrando su mirada, cegando su mundo de cartón piedra.

Es el momento, M. desciende con cuidado, elegante, inerte por dentro, se yergue ante la bestia, ante la multitud reunida para ver el firmamento, estrellas del celuloide en comunión para mayor gloria de sí mismas, saluda levantando la mano lentamente, como intentando resguardarse ante una tormenta de luz que arrecia, que se refleja en la ristra de diamantes engarzados sobre su cuello, que ilumina su traje italiano, su cuerpo para el pecado.

M. escucha su nombre una y mil veces, todo el mundo la llama, todo el mundo la desea, camina hacia la entrada robando corazones, siguiendo un sendero pintado de rojo, sonriendo, reprimiendo sus ganas de salir corriendo, perfecta alquimista, M. transmuta su pena en alegría, posa, se gira y avanza, un pasito más, aguanta sus impulsos, llora por dentro, se acerca hasta la meta, hasta el oscuro teatro repleto de bencedrinas y ego, de sonrisas perfectas y miserias bañadas en oro.

A cada paso, siente como sus tacones golpean firmes el suelo, generan una vibración que asciende por sus piernas perfectas, que se cuela en el lugar en que debieran encontrarse sus tripas, su corazón, y su alma, un hueco difícil de llenar, un vacío inmenso recubierto por una bella carcasa doliente.

El aire se puede acabar a cielo abierto, pero M. cumple, por algo es una profesional de los sueños ajenos, hoy llega a su meta de milagro, hoy su cuerpo ha aguantado el envite, ha derrotado a la bestia, ha evitado vomitar frente al mundo, pintar de realidad la necedad de aquellos que invocan su nombre, mostrar la mierda, mandar a la mierda, huir, recuperar una intimidad perdida, dejar de ser un anhelo y quizás, sólo quizás, volver a sentirse persona.

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