martes, 26 de enero de 2010

Charles y la pequeña roca azul




Desde el exterior de la iglesia parroquial de Down House, la voz del pastor suena frágil y lejana, casi inaudible, como una larga letanía monótona se cuela entre los gruesos muros de piedra y llega moribunda hasta los oídos de Charles, un goteo de palabras, un conjunto de verbos, nombres y pronombres divinos suspendidos en el aire que al final de su camino se encuentran con su alma, se dan de bruces con su razón y sin pretenderlo hacen que al hombre de ciencia se le escape un suspiro.

A las puertas de la casa de Cristo, Charles espera un milagro, la cuadratura del círculo, prisionero de sus ideas, mientras sus hijos y Emma entran ordenadamente, se coloca disimuladamente en su segundo plano y en cuanto puede se da media vuelta y se larga, huye sobre el césped perfectamente cuidado y busca el sendero de salida entre las tumbas; sigue su camino al abrigo de los árboles, paseando, observando sus troncos engrosados por el tiempo, analizando los nudos de madera y las ramas desnudas, estudiando atento su lenta y perezosa ascensión hacia el cielo.

Sonríe, si Dios escribe con renglones torcidos, resulta que la vida cuenta cuentos, al oído susurra, sólo a aquellos que están suficientemente atentos, sólo a aquellos capaces de fijarse en los pequeños detalles; Charles se mesa su barba incipiente mientras el viento de otoño intenta hacer volar su sombrero, mientras despeina su cabeza poco poblada teñida de blanco, los árboles parecen hablar bajo su gobierno, cantan y bailan, moviéndose al unísono entre una lluvia de colores ocres, un manto crujiente que cubre el camino y anticipa el invierno; por fin su sombrero vuela, al recogerlo, mientras dobla su viejo espinazo nota como sus huesos crujen emitiendo un dolor punzante que le atraviesa de parte a parte.

Ya no es el muchacho que embarcó en el Beagle, resopla, el dolor arruga sus sienes, los años de están acumulando sobre su espalda, el tiempo corre en su contra, mientras se levanta Charles siente un escalofrío y una certeza, si la muerte se presenta de improviso, todo su trabajo se perderá, la luz que ahora parece iluminar tenue el camino se apagará, quien sabe durante cuanto tiempo; nota como la duda se aferra a sus tripas, el tiempo pasa deprisa, demasiado deprisa, tanto que al ser humano le cuesta mirar su mundo desde otra perspectiva que no sea la de su fugaz existencia, bajo el cielo abierto la mente funciona mejor, mientras camina el hombre de ciencia llega a la conclusión de que ha de dejarlo todo bien atado, que ha de elaborar un resumen de su trabajo y decir a Emma que si algo le pasa lo publique inmediatamente.

El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida, un largo título para un mundo pequeño, para un conjunto de seres humanos demasiado acostumbrados a mirarse al ombligo, idiotas y necios, pueblan su pequeña roca azul pensando que lo saben todo.

viernes, 22 de enero de 2010

El grito del cimarrón




George sabe que de noche los espíritus corren libres por la selva, sabe que desde su lugar entre las sombras los muertos añoran la sangre de los vivos, su calor, su tacto, buscan su encuentro, escucha con dificultad sus voces perdidas, el llanto de los viejos cimarrones que claman venganza desde los senderos, que indican el camino de la libertad mientras sueñan con su mundo perdido, gritan desde las sombras del bosque caimán, exigen sangre por sangre, exigen muerte por muerte, dan rienda suelta a su ira, descontrolada, imparable, dicen que su sufrimiento no será calmado hasta que el último hombre blanco sea expulsado de esta tierra maldita.

George siente la noche aferrada a sus tripas, se abre paso entre una cortina de agua blandiendo un viejo sable y seguido por una multitud silenciosa, excitada ante los lamentos del bosque, caminan unidos, arropados por la madre naturaleza, bajo el agua y las penumbras, parecen una gran bestia en movimiento, un todo que respira al unísono, resoplando bajo la tormenta, una turba salvaje, harta, herida, maltratada, sedienta, decidida a convertirse en dueña de su propio destino.

Llegados al claro, los hombres que allí se encuentran se estremecen al escuchar al gigante, al hombre mitad brujo mitad profeta que aparece tras las sombras, Boukman habla, se dirige a su pueblo con los ojos en blanco mientras una mujer pintada con barro se estremece y mueve sus articulaciones, baila desnuda, poseída por una fuerza más poderosa que la de mil ejércitos, se mueve rápidamente entre los allí presentes mientras susurra un idioma extraño, el lenguaje de los espíritus que acaricia los oídos y se apodera de los cuerpos y las almas.

El gigante aúlla, ha visto el futuro, el mañana que ya llega, blande un enorme machete que vuela por el aire, cae como una guillotina sobre el cuello de un cerdo, degollándolo, manchando de rojo el barro maldito, el animal chilla primero, gruñe sin fuerzas al final, se convierte en un surtidor cuya sangre es recogida en un cuenco y ofrecida a George y los suyos, sabor dulce, caliente, que mancha sus labios y le hace aullar, reír poseído mientras guía a la multitud de vuelta a las plantaciones.

George ahora escucha claramente a los espíritus, les entiende a la perfección, sabe que la mecha ha sido prendida, que el fuego se extiende, que los años de miserias y esclavitud han terminado desde ése mismo instante, que la sangre del hombre blanco es tan roja como la suya y se vierte con la misma facilidad, muerte por muerte, vejación por vejación, sangre por sangre, libertad por libertad.



PD: Este microrrelato novelado hace referencia a la ceremonia que se considera, precursora de las primeras sangrientas revueltas que terminaron con la abolición de la esclavitud y la independencia de Haití, hecho histórico que un señor muy mayor en USA ex candidato a la presidencia ha considerado el auténtico motivo de las sucesivas tragedias de ése pueblo (por ser una clara muestra de pacto con el diablo), sandeces aparte, sirva este relato para recordar la terrible historia del pueblo más olvidado y maltratado de América.

martes, 19 de enero de 2010

La rata.




El viejo K es una rata y lo sabe, su forma humana no es más que un mero artificio, un engaño visual que le ha permitido crecer y medrar en una sociedad podrida, maloliente, necesitada de roedores que como él son capaces de manejarse bien entre la basura, olisqueando aquí y allá, con las patas bien hundidas en la mierda y con una sonrisa dibujada bajo los pelos del bigote, una rata educada y elegante, feliz por que el mundo se ha convertido en un estercolero.

Como cualquier roedor K siempre ha sabido estar en el momento adecuado en el sitio adecuado, es un artista, un virtuoso de la supervivencia, un especialista en hacer comulgar a otros con las ruedas de su molino, posee un sexto sentido infalible, indetectable, insertado en lo más profundo de sus neuronas, hace tiempo que pita alocadamente, hace tiempo que le indica que es hora de abandonar el barco.

Es el momento, K suspira, camina hacia el exterior de su cloaca y prende un cigarro cien por cien sabor americano, uno de los pocos privilegios que le quedan, inhala el aire viciado y lo exhala haciendo círculos perfectos, extiende las manos y las calienta sobre el viejo bidón de gasolina repleto de maderos que arde en el patio; se mira a si mismo y maldice su vestimenta, la chaqueta de lana y el pantalón de pana repleto de grasa que porta, que disfrazan a la rata de pordiosero, que le camuflan sobre un mundo en descomposición.

K saca del bolsillo una P38, su arma reglamentaria, vacía el cargador, la desmonta y la lanza a las llamas, después abre el paquete que descansa a sus pies y extrae un uniforme oscuro en perfecto estado de revista, lo despliega y lo lanza al fuego también, se consume, llamas y ceniza, ha visto suficiente como para llenar diez vidas; conserva los galones con forma de hoja de roble y la doble s, junto con una cruz metálica que ya no sirve para nada, ya no aterra a nadie, sólo a si mismo; mira su gorra de plato, la calavera con las dos tibias que ahora parece perseguirle hasta en sus sueños, es lógico que se consuman en un crematorio improvisado, es su destino evidente, una forma extraña de justicia poética.

Caen en la hoguera sin hacer ruido, dejando a la rata desnuda, con un vacío extraño en las tripas, el mismo que notó la primera vez que se sintió ungido cual Dios encarnado, jugando con la vida y la muerte en la punta de sus dedos, una sensación que no volverá, una sensación que añorará toda la vida.

Que se le va a hacer, K mira su pasaporte nuevo, su identidad nueva, piensa en la soleada España, en la inmensa Argentina, esconde su rabo alargado y su nariz puntiaguda, despliega sus patitas y corre, desaparece entre las sombras de la calle, el lugar del que nunca debiera haber salido.

jueves, 14 de enero de 2010

Andrew ha tenido un mal día



Arthur realmente se llama Usher, pero todo el mundo le conoce por Weegee, y es que en su corta vida ya le han rebautizado dos veces; la primera el oficial de inmigración que quiso americanizar su nombre, la segunda los vecinos de la ciudad desnuda, los paisanos del ombligo del mundo; no importa, el Lower East Side es un lugar donde los nombres en el fondo no valen mucho, donde todo el mundo tiene por lo menos un par, porque al final, son productos desechables, como los pañuelos de papel, usados durante un tiempo hasta que la vida los llena de mierda, hasta que conviene tirarlos a la basura con disimulo, sacándose del bolsillo uno nuevo.

Se llame como se llame, Weegee sabe que es el fotógrafo más grande del mundo, el puto amo, que la humildad es para fracasados, realidad asumida, hecho inmutable, indiscutible, quien no esté de acuerdo se puede ir al infierno, él respira por y para la fotografía, para el momento en el que su cámara roba un pedacito de vida o de muerte ajena, capturándolo, fijándolo para siempre; él vive de noche, él siempre llega el primero, al volante de su viejo Chevy conduce por Bowery mientras se quita las legañas, se calza un par de cafés espesos y pone a punto su máquina de trabajo, el coche es su hogar, allí duerme, come, se asea, fuma, ríe y llora, es capaz hasta de revelar las fotos en el maletero, allí escucha las malas nuevas en la radio, la misma con la que pincha las frecuencias de la policía.

Llegado al cruce con Broom St, el fotógrafo gira el volante y el vehículo chirría, roza los bajos contra el suelo, se sube e la acera y guiña un ojo al oficial que está espantando a los curiosos, le desliza un par de pavos bajo la porra, antes que nadie coloca el flash de su cámara y corre por Elizabeth St, en apenas cincuenta metros se encuentra con el fiambre, dispara, el fogonazo ilumina la calle, despierta a las ratas, retrata lo que queda de Andrew, el tipo que derrumbado sobre el suelo sin duda ha tenido días mejores.

Con Weegee mejor no ser protagonista, Andrew Izzo besa el asfalto, lo muerde, lo que se presumía un golpe fácil en el Spring Arrow Social Athletic Club se ha torcido a última hora, como el careto de Izzo al recibir un balazo bajo el pómulo, plomo caliente redecorando su facciones mediterráneas, es lo que tiene el oficio de gangster, es corto pero intenso, sacrificado pero divertido, Weegee saca su foto, es buena, lo sabe, mañana lo mismo hasta es portada, tira la colilla de su puro al suelo y la pisa, da gusto cuando la noche sale redonda.

martes, 5 de enero de 2010

Romance para el frío




Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.
Anónimo.
PD: Sirva este romance del prisionero para calentar este blog que últimamente tengo olvidado, no durante mucho tiempo, espero, sólo mientras termino un par de cuentos en los que estoy trabajando.