lunes, 22 de febrero de 2010

El buen creyente




Al hombre de gris le gustan los papeles de colores; azules, verdes, morados y amarillos, le vuelven loco, hacen que sus papilas gustativas se bañen en saliva y que se instale, cual adolescente enamorado, una familia de mariposas en su estómago, es casi como un orgasmo, un festival de sensaciones, un arco iris de curso legal, finamente impreso, bellamente decorado, encarnación más evidente del Dios al que hace algún tiempo vendió su alma.

El hombre de gris es fiel a la ortodoxia de su religión, un creyente que comulga a diario, que vive por y para su Altísimo, que sueña con becerros dorados y sabe que si es buen chico, al final entrará en el paraíso, un feligrés que mira al mundo y sólo ve mercados, que mira a los hombres y sólo ve clientes, que compra lo que quiere porque sabe que todo tiene un precio, lo sabe bien porque él mismo se vendió hace tiempo, extrajo un gran beneficio por sus entrañas.

El hombre de gris tiene una misión, ganar dinero y hacer ganar dinero, tiene una sed enorme, imposible de aplacar, un ardor maldito que recorre sus tripas, que asciende hasta su garganta y que sólo se sacia con números impresos, con papeles de colores, sabe que nada es personal, porque cuando da por culo siempre lo hace escondido bajo siglas y acrónimos, business is business, la pela es la pela; no hay sensación sobre el planeta tierra que se equipare a la de comprar a uno y vender a mil, no hay mejor bálsamo para la moral moribunda que el beneficio, que el margen infinito.

El hombre de gris domina el planeta tierra, pero en el fondo es un ignorante, cada mañana ve a un miserable en el espejo y de tanto verlo, ya ni si quiera se da cuenta.

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