martes, 16 de febrero de 2010

El buen marine




Sentado, con la espalda apoyada contra el culo del mundo, James espera el momento en el que el planeta se venga abajo, se desmorone en cachitos pequeños, tan pequeños como su cabeza, como su cordura, es cuestión de tiempo, espera y fuma, acerca la lumbre a su cigarrito cien por cien americano y aspira, bendito humo negro que mata lentamente, y no de un balazo en los huevos; mientras, una voz metálica suena al otro lado de la radio; mientras, un fotógrafo hace fotos, clic, delta, clic, charlie, tango, números y más números, posición, aquí James, allí Sadam, apuntad bien chicos, el tiempo se para un segundo, James no sabe que el aire se puede cortar como la mantequilla, el obús de ciento veinte milímetros de diámetro y espoleta retardada disparado por sus compañeros le hace una demostración práctica, pulveriza la casa de enfrente, angelitos al cielo, despeja un nuevo solar en Faluya, provoca un pequeño terremoto mientras el buen marine agarra su cigarrito con los dientes, posando para una posteridad no deseada.

Ojos de mirada perdida, cara sucia, mierda por fuera y mierda por dentro, en el alma, James Blake Miller tiene veinte añitos y una vida por delante, aún no ha oído hablar del PTSD, Post Traumatic Stress Disorder, es un término que no suele explicarse en la oficina de reclutamiento, su jeto de tipo duro es trasformado en unos y ceros y transportado sin su permiso hasta el mundo libre, un lugar necesitado de héroes, un lugar donde un grupo de tipos de corbatas grises y maletines de piel ya no saben cómo anunciar sus cilindros de cáncer, un lugar donde ahora sólo fuman los malos, donde los buenos se limitan a dar hostias, su cara saldrá al día siguiente en la portada de ciento cincuenta periódicos, hay que joderse, es famoso.

Cosas de la vida, James mira al futuro apoyado contra el muro de una casa perdida, difícil saber lo que vendrá; las noches de insomnio, los temblores, las pérdidas de consciencia, los pedacitos de infierno transportados hasta casa, escuchando cada noche una batalla en miniatura debajo de la almohada; después el matrimonio, el divorcio, el partirle la cara a un compañero que pasa silbando, porque su silbido es similar al de un disparo de RPG, una vida dura, una vida perra, el sonido de algo roto en su interior difícil de recomponer, unos ojos tristes, una mirada perdida, un rostro de tipo duro en una foto perfecta.
PD: Foto Luis Sinco.

3 comentarios:

Hispa dijo...

Bueno, muy bueno, como siempre.

Montagon dijo...

Un soldado que no le dicen los efectos secundarios. Gran entrada.

Javier Font dijo...

Gracias hispa, como siempre, gracias Montagon, bienvenido a éste blog