miércoles, 3 de febrero de 2010

La leyenda de Billy el niño




Henry McCarthy no es un mal tipo, es sólo que la vida a veces se tuerce y uno no puede elegir en ella cada uno de los pasos que da, cada uno de los errores que comete, cada uno de los hombres a los que dispara; camino del juzgado de Linconl, Nuevo México, Henry escupe, su lapo ennegrecido por el tabaco hace una pirueta en el aire antes de estampanarse contra el suelo, un bello ejercicio visual, precioso; después, el convicto mueve los grilletes asidos a sus muñecas laceradas, los levanta frente la cara de su guardián y se queja, aprietan demasiado dice, pide sin respuesta que se los aflojen, ni caso, maldice al alguacil, a la bastarda que lo parió, recibe un empujón y una patada por contestación a su solicitud; respira, más tranquilo ya, se duele del golpe, ajo y agua, no queda otra, esperar a que llegue el juez, a que cuelguen la soga, a que le tomen medidas de largo y ancho, para el ataúd, para que esté cómodo en el más allá; maldita sea, decide usar sus últimos minutos sobre la faz de la tierra para repasar mentalmente las caras de los hombres a los que ha visto morir, son legión, demasiados, sus rasgos se difuminan ya en la memoria, tanto que cuando se encuentre con ellos en el infierno no los va a reconocer, quizás sea mejor así, algunos los mató el mismo, a otros la mala suerte, la mala vida o la mala sangre, todos ellos dan ahora de comer a los gusanos, ley de vida, él hará lo mismo dentro de poco, si nadie lo remedia.

Henry sólo tiene claro una cosa, y es que si es difícil elegir la manera de vivir, mucho más difícil es elegir la manera de morir; desde luego bailar al final de la horca no es la mejor, hay dos opciones, si el verdugo sabe lo que se hace, el peso del cuerpo parte el cuello y angelitos al cielo, pero si no, la muerte es lenta, por asfixia, y uno acaba con la lengua azul y los ojos desencajados, una miserable forma de diñar; Henry asciende los escalones de entrada al juzgado, por un segundo piensa que quien está dentro es San Pedro, esperando con una lista de pecados más larga que un día sin pan, pintan bastos, es lo que hay, o no.

En un descuido el alguacil James Bell, mira donde no debe, se relaja antes de tiempo, pone su revolver al alcance del cuatrero con cara de niño, que de un rápido movimiento, antes de entrar a recibir justicia decide darse el piro, dejar la ejecución para otro día, da un cabezazo a su guardián, un golpe certero, potente, que chasca la nariz del desgraciado y le hace morder el polvo, dolorido, el alguacil cae al suelo, se levanta, echa mano a su seis tiros pero ya no lo encuentra, el vacío en su funda es lo último que ve, la bala disparada por Henry con su propia arma le atraviesa el cuerpo de parte a parte, bajo el corazón, hace que ruede muerto por las escaleras.

Mierda, Rober Ollinger, ve a su compañero caer desde la calle, desenfunda y asciende, escaleras arriba, dispuesto a vender caro el pellejo de su amigo, mala suerte, no es suficientemente rápido, no ve a Henry escondido tras la ventana del juzgado, pone cara de poker cuando Henry asoma, “hello Bob” dicen que dijo, bang, bang, otra muesca más en su revólver, el cuatrero corre, huye, escapa, pueden colgar a la madre que los parió, sin saberlo construye una leyenda, una que atravesará el tiempo y la distancia, más allá de Linconl, más allá de Nuevo México, más allá del propio país, la leyenda de Billy the kid.

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