jueves, 25 de marzo de 2010

Matar al verdinegro




Escondido entre las sombras, el catalán Insausti piensa que el verdinegro tiene cuajo, está hecho de otra pasta, tres veces lo han intentado envenenar y tres veces ha salido indemne, por su propio paso, con la ponzoña en las tripas y tan tranquilo, sólo con una leve molestia en las entrañas, ver para creer, no queda otra, ya no vale con echarle polvos blancos en el bocado, se acaba el tiempo, si canta y cuenta lo que sabe, si convence al segundo de los Felipes todo se va a ir al carajo, a su patrón no le va a quedar otra que emprender el camino hacia el cadalso; para el asesino, la orden está clara, es sencilla, puede que aguante bien el veneno pero no podrá volver a Flandes con un cuarto de acero toledano entre las carnes, no podrá piar el pájaro frente al rey con el filo de una espada ropera decorando sus entretelas, no puede salir vivo de Madrid, es mucho lo que se juegan los que pagan, Antonio Pérez, la de Éboli, la orden viene de arriba, y mejor no será defraudarla, aunque sea peligroso apiolar a un tipo tan poderoso, aunque traiga mala suerte matar un lunes de pascua, en fin, pagan bien, es lo que vale, Insausti mira de reojo a sus compañeros de fortuna, cinco pares de ojos blancos que relucen en las tinieblas, que se miran nerviosos mientras escuchan en la lejanía los cascos del caballo del Verdinegro, el secretario Juan de Escobedo, mano derecha de Juan de Austria.

Insausti aferra el mango de su arma, acaricia sus finos gavilanes y cuando por fin aparece el objetivo al final de la calle se santigua, como pidiendo perdón a Dios antes de tiempo; el futuro finado se acerca por la callejuela de el camarín de nuestra señora de Atocha a lomos de su montura, rodeado de criados que portan antorchas, altivo y sonriente, seguro de si mismo, dicen que viene de susurrarle que bonitos ojos tienes cordera a una mujer casada, con el arcabuz descargado, feliz antes de su cita con San Pedro, mejor así, al acercarse, Insausti, el pícaro y Miguel del Bosque salen a su encuentro, lo otros tres esperan a una distancia prudencial por si la cosa se tuerce, no es necesario, todo ocurre rápido, como deben de ser estos menesteres, sin mediar palabra, sin acritud, Insausti consigue ensartar su arma en las tripas del mandamás que cae desde las alturas, mientras sus compinches se las ven con los criados, hay gritos y revuelo, antes de que Juan de Escobedo estire la pata sus asesinos ya se han esfumado a la carrera, cada uno a un refugio diferente, dispuestos a no volverse a ver jamás su lindos caretos, Insausti corre, desaparece como por arte de magia, lanza la espada ensangrentada a un pozo y con el bolsillo repleto de oro, una cédula real y un nombramiento de alférez se larga a Nápoles, esperando que antes o después se olviden los hechos.

Pero la muerte del Verdinegro no arregla nada, sólo hace que la mierda salpique un poco más alto, como las llamas sobre un reguero de pólvora se extiende el rumor de que son el secretario real Antonio Pérez y la princesa de Éboli los instigadores, los culpables de la muerte de la mano derecha de Juan de Austria, se habla de líos de faldas, se habla de venta de secretos, el populacho no anda descaminado, mientras, Insausti y los asesinos no sospechan que el destino de los peones es a menudo ser sacrificados a mayor gloria de las figuras, de los de siempre, los sicarios no tardarán en aparecer degollados, que los muertos son discretos; no servirá de nada, la verdad flota, al final, la de Éboli verá la cárcel por dentro y al secretario Antonio Pérez le tomarán las medidas en el potro, confesará y tendrá que salir por piernas, escapará, buscará refugio en Francia, en Inglaterra, viviendo en el exilio, repartiendo secretos a diestra y siniestra, maldiciendo el día que mandó matar al verdinegro.

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