jueves, 29 de abril de 2010

Los pigmentos del desastre




El horror, el desastre transmutado en óleo, en masa viscosa repleta de color, de pigmento arrastrado sobre el lienzo con el único objetivo de enseñar al hombre la visión más miserable de si mismo, carne, huesos y angustia, retrato mutilado de seres reducidos, de rasgos que no son rasgos, sólo límites inconclusos de la persona, rojo sobre negro, juego de terror; pintando la desesperación, capturando la angustia, agarrando al espectador, encerrándole, enganchándole por las tripas.

Se puede capturar un mundo desolado, caótico, se puede usar la pintura como asidero para el propio ser, único sustento fiable en un mundo desmoronado, solitario clavo ardiendo sobre un abismo insondable, espita que libera la presión de unas entrañas enredadas, anudadas, a punto de reventar, minúsculo agujero por el que entra oxígeno al recinto donde mora el alma, último recurso para evitar su asfixia, para rescatarla del ahogo.

Bacon pintaba desde el desorden, desde la ironía de la propia existencia, una vez Margaret Thatcher se refirió a él como “ese hombre que pinta cuadros horribles”, a lo que Francis contestó “es imposible, uno no puede ser más terrible que la vida misma”.

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