jueves, 29 de julio de 2010

El infierno es de color blanco (II)



Abel apura su cerveza deshidratado, ligeramente inclinado hacia delante, con los dos codos apoyados sobre la barra, siente la caricia del aire a intervalos regulares sobre su cara, incómodo, suda como un buey y maldice el viento caliente removido, no refrigerado por el viejo ventilador del techo, que a cada vuelta baila el hula hop, agoniza y amenaza con perder una de sus aspas, Abel resopla, hoy hace un calor de la chingadera, más de cuarenta grados al sol, si me apuras cuarenta y cinco en un antro como este, toca el vidrio marrón de su bebida, movimientos circulares sobre la boca de la botella hechos con su dedo índice, hace una mueca con su boca y un chasquido con su lengua, hoy respirar es una guerra perdida, siempre lo ha sido en este maldito clima desértico, medio minuto más y el líquido de su bebida empezará a tener la misma temperatura que el orín de un gato.
Abel mastica, traga y se relame como un niño, chicharrones en chile y tarta de queso de postre, mata su hambre mientras alguien se coloca a su vera, un güey que le saluda tocándose la punta de la gorra, como en una vieja película de vaqueros gringos e indios malos, está delgado como un alfiler y es un parroquiano habitual por estos lares que busca un trago fácil, acompaña su gesto con una sonrisa que enseña una ristra de huecos colocados en el lugar donde debieran estar sus dientes, Abel aparta la vista, pone cara de tipo duro y el extraño se desanima, suelta una sonrisita nerviosa y desaparece, Abel se relaja, sonríe para dentro, y mira de reojo su pickup, no vaya a ser que el pendejo busque venganza con sus neumáticos, se levanta, eructa y deja unos billetes arrugados sobre la barra, saluda y antes de marcharse hace con la mirada un estudio fisiológico de la camarera, como si fuera superman, con rayos X en los ojos adivina cada centímetro de su culo prieto y orondo, se vuelve a relamer, se rasca los huevos y nota algo engrosado, coge un paquete de encima de la mesa, una camiseta verde y blanca con el nombre de Cuauhtémoc Blanco, esta contento, cuando comience el mundial piensa lucirla con los amigos, con sólo un poco de suerte y mucho coraje hasta la final contra Brasil, España o el que se ponga por delante, deja volar su imaginación, abre la puerta del café y al hacerlo suenan unas barritas de metal, recibe un golpe de calor un segundo antes de colocarse las gafas tintadas, es como abrir la puerta de un horno, este bello Juaritos.
Camina, aprieta el mando a distancia, el vehículo le saluda haciendo bip bip, iluminando a la vez sus indicadores, Abel se acerca y comprueba con desagrado que algún hijo de mala madre ha rayado a su pequeña joyita, levantando un poco de pintura, maldita sea, abre la puerta y se mete dentro, enchufa el aire acondicionado, y enciende el contacto, su furgoneta arranca con un suave ronroneo, se mueve, busca la incorporación a la carretera tras un viejo chevrolet, estúpida forma de joder la mañana, piensa Abel, enojado, deseando haberse cruzado con el pinche que le ha dejado el regalito, cosas que pasan, se dice, no queda otra, centrado en su mundo no escucha el chirrido de neumáticos frente a él, al levantar la mirada ve a dos tipos bajarse del carro, parece que portan algo entre las manos, para cuando ha identificado los cuernos de chivo estos ya están vomitando fuego, Abel siempre pensó que en una situación de estas tendría una opción, defenderse, pisar el acelerador, huir, como hacen los gringos en la películas, saltando, esquivando balas, algo por el estilo, no es así, estaba equivocado, pálido observa su muerte en cámara lenta, trozos de metal, cristal, sangre y hueso saltando, rebotando; en segundos la tormenta pasa, Abel aún esta vivo, agoniza y se desangra, intenta respirar, piensa en su madre, piensa en los suyos, piensa en el maldito business, en el puto negocio, en la camiseta que descansa sobre sus rodillas, verde, blanca y ahora roja, piensa en lo último que pensó antes de ser acribillado, estúpida forma de joder la mañana, una forma como cualquier otra.

martes, 27 de julio de 2010

El infierno es de color blanco (I)



Al respirar la mezcla de vapores, Manuel aprende que, misterios de la ciencia, hay líquidos prenden fuego al aire, gases que se meten bien dentro de los pulmones para robar el equilibrio, que voltean las cabezas, enredan las piernas y hacen que uno de con sus huesos en el suelo; ahora, de rodillas, gatea, huye y busca una pizca de oxígeno juguetón entre los árboles, siente la náusea, escucha sus propias arcadas y al final vomita, su bilis se confunde con la tierra húmeda y oscura, regada con keroseno y amoniaco, mientras, los más viejos pasan de la risita a la carcajada, se dan de codazos entre bidones azules y señalan al novato.
Manuel maldice, al intentar limpiarse la boca se mancha los labios con tierra negra, escupe, respira y recompone su dignidad perdida, cierra los ojos, estos escuecen, pican como el demonio, cuando la tierra deja de moverse mira el escaso trozo de cielo azul entre las copas de los árboles, piensa en su mundo verde y blanco, muy blanco, la tierra desquiciada donde nació, lugar maldito donde crece la felicidad sintética, es lo que hay, piensa antes de buscar en su memoria el momento exacto en el que sus sueños se fueron al carajo, tose, siempre pensaste que esquivarías esta vida, siempre pensaste que serías más listo que el resto, que te las arreglarías, no es así, ahora comes mierda, te arrepientes, no queda otra.
-Ven acá Manuelito.
No es cuestión de caer, es cuestión de saber levantarse, pálido, como si un espíritu del bosque hubiese robado el color de su piel, se yergue de nuevo, camina hasta el laboratorio improvisado y armándose de valor vuelve a meter las narices donde no debe, atento, escuchando cada palabra, anotando en su cerebro cada paso.
-Vas a ver magia muchacho.
El amoniaco fluye, se mezcla con la parte del keroseno que disuelve su sustento, al caer se obra el milagro, el líquido amarillento se transmuta; si en el cielo se transforma el agua en vino, en el infierno, el diesel se vuelve coca, lentamente cristaliza, da a la mezcla el color de la leche con moléculas agrupándose, espesando el conjunto, Manuel no puede evitar hacer una o perfecta con sus labios.
-Ahora lo filtramos.
Cuestión delicada, hay que tener tiento, líquido se vierte sobre una tela que acoge en su seno el conjunto, la pasta que lentamente se va acumulando, que aún contiene impurezas, después, el maestro lo recoge con cuidado, con una paleta aprovecha cada gramo, lo traslada a un bote, una masa húmeda que todo el mundo mira atento; hay lugares donde el oro brilla, en otros es negro, aquí, resulta que es blanco.
El hombre viejo está satisfecho, da una palmada en la espalda a su nuevo alumno, le sonríe y al hacerlo enseña una ristra de dientes dorados, de tiburón, después habla.
-¿Te has quedado con todo?
-Si, señor.
-Perfecto, chico listo, ponte con ello y se cuidadoso, no hace falta que te diga que del producto… respondes con tu vida.
Manuel sonríe, traga saliva en su boca seca, se rasca la cabeza y observa al viejo cabrón darse media vuelta, suspira, el calor le ahoga, los mosquitos zumban en sus oídos, justo el lugar donde alguien se acerca por detrás y susurra.
-Bienvenido al infierno, muchacho.

miércoles, 21 de julio de 2010

Resulta que el tiempo cicatriza sobre las cosas



Poco a poco, resulta que el tiempo cicatriza sobre las cosas, sobre los lugares heridos por la presencia del hombre y más tarde abandonados; como una costra que crece lentamente, que no es sino testigo perfecto de la insoportable levedad del ser, del ser humano que construye, horada, remueve y transforma, del Homo no tan Sapiens que lo cambia todo para luego huir, para luego morir; elemento perecedero, caprichoso, escurridizo, constructor de carcasas perdidas, de chismes oxidados, de grandes mansiones repletas de fantasmas.
El hombre al fin como lo que es, como un espectro que vaga, camina y olvida, el hombre estudiado a través de sus huellas, de las marcas dejadas a su paso, de su propio abandono, el hombre como reptil que muda su piel, como pollo que eclosiona y se despoja de su cascarón, el hombre sin el hombre, su ausencia, su vacío, su sombra, adivinados todos ellos entre la mugre, la mierda y las paredes desconchadas de viejas fábricas, sanatorios, gasolineras o casas de putas, lugares en cuyas esquinas ajadas y desvencijadas aún parecen retumbar, los gritos, gemidos y voces de aquellos poblaron el vacío.
Un trabajo fotográfico de primera, agrupado y expuesto en un magnífico blog llamado “Abandonalia”, un lugar cuya visita, desde aquí, sin dudar recomiendo.

lunes, 19 de julio de 2010

El almirante empecinado




Impertérrito en el puente de mando del HMS Victoria, el vicealmirante Sir George Tryon suda como un buey, resopla y mira de reojo las costas de Siria; ante Trípoli mesa su larga barba de marino viejo con calma y maldice el infierno al que está destinado, un tostadero húmedo y bochornoso, que le impide pensar con claridad, que nubla las ideas y ahoga los pulmones con aire caliente; hoy más que nunca añora el fresco clima de Northamptonshire, sus verdes colinas y su oxígeno respirable, hoy más que nunca situado en el otro extremo del planeta tierra; gajes del oficio, piensa, después, ordena el comienzo de las maniobras de entrada a puerto.
-Los movimientos se sucederán en dos fases, en la primera, giraremos ciento ochenta grados hacia el interior y pondremos proa hacia el fondeadero; en la segunda volveremos a virar noventa grados, para quedar perfectamente alineados en paralelo a la costa, transmitan la orden al resto de la flota.
Tic, tac, silencio, una gota corretea por el cuello del viejo lobo de mar, salta hacia el suelo dando una triple voltereta, los hombres allí presentes callan, podrían escuchar el pedo de un mosquito a mil kilómetros, tragan saliva, se miran de reojo, por fin encuentran el valor para aclarar un pequeño concepto, alguien eleva su voz, pide permiso para hablar y comenta:
-Disculpe, Vicealmirante, hay apenas dos cables de separación con el HMS Camperdown, ¿no debiéramos dejar por lo menos cuatro para garantizar la seguridad?
Sir Tryon, sueña ya con las bocas abiertas de los otomanos, con su bella coreografía de bestias de metal, sin duda arrancará los aplausos de la ciudad entera, dejará bien claro su supremacía, su precisión, les hará saber con quien se juegan los cuartos a los moritos; cuando escucha la voz de su subordinado, es como el zumbido de una mosca cojonera que taladra sus tímpanos, que le hace gastar una saliva preciosa, en silencio eleva su mirada colérica y después sentencia.
-Dos cables bastarán, ¿insinúan que no puedo hacer una simple estimación?
UUPS, cagada, el cuadro de oficiales se mira de reojo, lamentando no tener el don de la invisibilidad, llegados a este punto, a ver quien tiene pelotas para decirle al viejo que es una locura y perder carrera, condición y rango, mejor callar y plegar velas, mejor santiguarse y pedir al cielo que todo vaya bien; los hombres de su graciosa majestad hacen mutis por el foro, reculan y se disponen a ejecutar la maniobra; los barcos viran ciento ochenta grados y buscan el mismo sitio en el ancho mar.
Así, de esta manera, sucede lo inevitable, el Camperdown, un poco más lento embiste y penetra a su buque insignia, con su espolón de proa destroza un mamparo del Victoria y le hace un siete de unos diez metros cuadrados bajo la línea de flotación, hace calor y todas las escotillas, puertas y portillos están abiertas, el agua tarda aproximadamente trece minutos en inundar el navío, en volcarlo y mandar al vicealmirante y a media tripulación a dormir con Nemo, un desastre; dicen los últimos que lo vieron que alucinado, con la boca abierta y las manos en la cabeza, mientras se hundía, el hombre de los galones y la barba blanca no dejaba de mascullar, “es mi culpa, es mi culpa, es mi culpa”.

lunes, 12 de julio de 2010

Estos días azules y este sol de la infancia.



José Machado, de pie en la habitación vacía, blanca y sepulcral, respira aire limpio con olor a mar y soledad, su sombra se escurre hasta la pared proyectada por la luz del atardecer, entre la cama impoluta y la ventana, piensa en su hermano Antonio, en lo que queda de él, en la carcasa inerte que acaba de enterrar, liviana y desconocida, mínima expresión del poeta, huesos y carne demacrada, portada a hombros casi sin esfuerzo desde el hotel hasta el cementerio por media docena de soldados que ahora vuelven cabizbajos a su mundo de cenizas, José suspira en Collioure, con el dolor aferrado a las tripas, sabe que a su madre poco le queda para emprender el mismo camino, para buscar junto a su hijo la sepultura en tierra extraña, exilio final del hombre sin patria, del olmo hendido por el rayo donde ya no queda lugar para ramas verdecidas.
José sufre, retiene sus lágrimas en el filo de sus ojos, recuerda, sabe que llegados a este punto, pocas opciones le quedaban a su hermano salvo dar su último suspiro, salvo buscar eterno refugio en la luz de sus recuerdos, de su poesía, de sus campos de castilla, la tierra en la que se le negó descansar, José piensa en su mundo perdido, en la añoranza espantosa que florece en su interior, que crece vigorosa con una fuerza maldita, en su pérdida, en la tierra de Caín que los vio nacer, en el estúpido y colérico país partido en dos que ahora abandona sin remedio.
Ristra de pensamientos que atraviesan su memoria encadenados, en lenta procesión, como nazarenos en jueves santo, descalzos y maltrechos, portando penas que son cruces, pesadas penitencias para los pecados de otros, que se convierten en su único equipaje, únicas compañeras en un viaje sin destino, huída desesperada por un mundo de espectros, de fantasmas y recuerdos, de luces apagadas, un mundo a oscuras, en penumbra sin Unamuno, sin Federico y ahora sin Antonio, un mundo necio y ensangrentado; por fin tras un rato inmóvil, comienza a recoger las cosas de su hermano, aquellos objetos contados con los dedos de una mano que no quedaron en las cunetas del camino, en los bolsillos rotos de la chaqueta del poeta encuentra un papel arrugado y dos últimos versos.
“Estos días azules y este sol de la infancia”
Lee, suspira, derrama una lágrima, cierra los ojos, si hay un cielo azul y soleado, sin duda es allí donde esta su hermano.

sábado, 10 de julio de 2010

La luz de las pequeñas cosas



Hay un hombre que plasma el tiempo, que consigue transmutar las horas, los días y los años en pequeños fragmentos de realidad impresa, hay un hombre que hace magia, que elige pequeñas porciones de nuestro mundo tan cruel y tan humano, y las encierra entre una mezcla de pigmentos, entre óleo, trementina, bastidores y lienzo, como una placa fotográfica lenta, vieja y perseverante, incapaz de velarse del todo aunque pasen más de mil años, pero recogiendo a cada instante, a cada momento pedazos de luz, mimándolos, cuidándolos y depositándolos en su seno, en un lugar eterno, ajeno a la tiranía del tiempo perdido; hay un hombre que en un mundo asediado por la inmediatez del ahora, tarda un lustro en pintar un cuadro, que en una disciplina trillada, manoseada y pisoteada, donde sólo aquellos que rompen, escandalizan o sorprenden parecen tener cabida, encuentra un lugar común inexplorado, oculto aunque esté a la vista de todos, virgen y estremecedoramente bello, la belleza de las pequeñas cosas, la belleza de lo evidente, de lo viejo, de lo ajado o abandonado, escondida en una nevera oxidada, en el sol sobre un membrillo o en un paisaje urbano mil veces caminado, la belleza inherente al objeto, intrínsecamente asociada a su esencia, a su auténtico ser, hay un hombre que hace amar la pintura, las artes plásticas, hay un hombre cuya obra dibuja una sonrisa en el que esto escribe, se llama Antonio López.