lunes, 12 de julio de 2010

Estos días azules y este sol de la infancia.



José Machado, de pie en la habitación vacía, blanca y sepulcral, respira aire limpio con olor a mar y soledad, su sombra se escurre hasta la pared proyectada por la luz del atardecer, entre la cama impoluta y la ventana, piensa en su hermano Antonio, en lo que queda de él, en la carcasa inerte que acaba de enterrar, liviana y desconocida, mínima expresión del poeta, huesos y carne demacrada, portada a hombros casi sin esfuerzo desde el hotel hasta el cementerio por media docena de soldados que ahora vuelven cabizbajos a su mundo de cenizas, José suspira en Collioure, con el dolor aferrado a las tripas, sabe que a su madre poco le queda para emprender el mismo camino, para buscar junto a su hijo la sepultura en tierra extraña, exilio final del hombre sin patria, del olmo hendido por el rayo donde ya no queda lugar para ramas verdecidas.
José sufre, retiene sus lágrimas en el filo de sus ojos, recuerda, sabe que llegados a este punto, pocas opciones le quedaban a su hermano salvo dar su último suspiro, salvo buscar eterno refugio en la luz de sus recuerdos, de su poesía, de sus campos de castilla, la tierra en la que se le negó descansar, José piensa en su mundo perdido, en la añoranza espantosa que florece en su interior, que crece vigorosa con una fuerza maldita, en su pérdida, en la tierra de Caín que los vio nacer, en el estúpido y colérico país partido en dos que ahora abandona sin remedio.
Ristra de pensamientos que atraviesan su memoria encadenados, en lenta procesión, como nazarenos en jueves santo, descalzos y maltrechos, portando penas que son cruces, pesadas penitencias para los pecados de otros, que se convierten en su único equipaje, únicas compañeras en un viaje sin destino, huída desesperada por un mundo de espectros, de fantasmas y recuerdos, de luces apagadas, un mundo a oscuras, en penumbra sin Unamuno, sin Federico y ahora sin Antonio, un mundo necio y ensangrentado; por fin tras un rato inmóvil, comienza a recoger las cosas de su hermano, aquellos objetos contados con los dedos de una mano que no quedaron en las cunetas del camino, en los bolsillos rotos de la chaqueta del poeta encuentra un papel arrugado y dos últimos versos.
“Estos días azules y este sol de la infancia”
Lee, suspira, derrama una lágrima, cierra los ojos, si hay un cielo azul y soleado, sin duda es allí donde esta su hermano.

2 comentarios:

Hispa dijo...

Vale, cabrón, me has hecho llorar. Te odio.

Javier Font dijo...

Me alegro... no, es broma, un saludo Hispa.