miércoles, 21 de julio de 2010

Resulta que el tiempo cicatriza sobre las cosas



Poco a poco, resulta que el tiempo cicatriza sobre las cosas, sobre los lugares heridos por la presencia del hombre y más tarde abandonados; como una costra que crece lentamente, que no es sino testigo perfecto de la insoportable levedad del ser, del ser humano que construye, horada, remueve y transforma, del Homo no tan Sapiens que lo cambia todo para luego huir, para luego morir; elemento perecedero, caprichoso, escurridizo, constructor de carcasas perdidas, de chismes oxidados, de grandes mansiones repletas de fantasmas.
El hombre al fin como lo que es, como un espectro que vaga, camina y olvida, el hombre estudiado a través de sus huellas, de las marcas dejadas a su paso, de su propio abandono, el hombre como reptil que muda su piel, como pollo que eclosiona y se despoja de su cascarón, el hombre sin el hombre, su ausencia, su vacío, su sombra, adivinados todos ellos entre la mugre, la mierda y las paredes desconchadas de viejas fábricas, sanatorios, gasolineras o casas de putas, lugares en cuyas esquinas ajadas y desvencijadas aún parecen retumbar, los gritos, gemidos y voces de aquellos poblaron el vacío.
Un trabajo fotográfico de primera, agrupado y expuesto en un magnífico blog llamado “Abandonalia”, un lugar cuya visita, desde aquí, sin dudar recomiendo.

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