viernes, 1 de octubre de 2010

El último aliento de Edison.



El dieciocho de octubre de mil novecientos treinta y uno, Thomas Alva Edison afronta sus últimos minutos sobre el planeta tierra, maltratado por la diabetes y la vejez, respira cada vez más dificultosamente en su lecho de muerte; es lo que hay, es condición humana,  llegado a este punto, sólo queda morir; recostado, aletargado, acompañado en este último trance por su médico Hubert y su propio hijo Charles, el gran hombre lentamente se apaga entre recuerdos, ideas, inventos y cachivaches, entre miradas de respeto de aquellos que le despiden, de aquellos que deja atrás, en un mundo gracias a él, un poco menos oscuro.

Así, el hombre de las mil patentes, muere de madrugada, cinco minutos antes de las tres y media exhala su último aliento y cuando esto sucede, su hijo Charles, tras constatar el final, antes de comunicar al mundo la mala noticia se acerca a una de las mesas del dormitorio de su padre y observa entre las cosas del finado una colección de tubos de ensayo vacíos, recuerdo de los años de trabajo de Edison como químico, Charles respira hondo y tiene una idea, ni corto ni perezoso abre uno de los tubos, lo coloca frente al cadáver aún caliente y espera, minutos después, cuando considera que el tubo contiene su último aliento, se lo pasa al doctor Hubert y le pide que lo selle con parafina, lo rotula y lo guarda junto a otros objetos; acaba de nacer una reliquia que con el tiempo será regalada a uno de los mejores amigos de Edisson, a un tipo llamado Henry Ford.  

Curiosa forma de cariño, curiosa forma de respeto, quizás un tanto friki, hoy en día, el último aliento de Edison aún se conserva dentro de su cárcel de cristal en el museo Henry Ford de New Jersey.

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