lunes, 4 de octubre de 2010

Revoluciones y chistes fáciles.


 


En marzo de 1913 en la avenida Lexington, entre las calles 25 y 26 de Nueva York, un tipo moreno, serio y de rostro curtido observa las repercusiones de su pequeña revolución, en el pabellón I de la gran exposición del Armory Show, cuelga un cuadro de ciento cuarenta y siete centímetros de alto por unos noventa de ancho que se titula “Nude descending a staircase, nº2” (desnudo descendiendo escalera), un óleo que a nadie deja indiferente.

Lentamente, los hombres y mujeres que han hecho cola a las puertas de la sala, desfilan frente la obra, despacito, deseosos de saciar su curiosidad, no tardan en conseguirlo, al ver el asunto algunos ríen disimuladamente, otros se dan codazos y resoplan indignados o incluso se echan las manos a la cabeza, dejando patente su desagrado; la mayoría sin embargo sigue su camino en silencio, con cara de póquer, intentando buscar la manera de entender tanta modernidad.

Frente a ellos, sobre fondo oscuro hay una figura que decididamente no es humana, líneas rectas y curvas, anatomía de un ser extraño que desciende por unas escaleras, pigmento que no busca otra cosa que captar el movimiento prescindiendo de la forma, ¿se puede hacer?, el tipo de rostro huesudo cree que si, sólo que saltándose las normas, reinventándolas, reventándolas, aplicando un prisma personal y transferible a su extraña visión de este mundo de locos; como en una fotografía hecha con demasiado tiempo de exposición la figura desciende, pero paga un precio, el movimiento se come la carne, devora al desnudo que sin embargo sigue ahí, sólo a la vista de aquellos que quieran verlo.
Es 1913, el mundo apenas ha estrenado su siglo más triste, es tiempo de revoluciones, Marcel Duchamp ya ha planteado la suya propia, y le han corrido a gorrazos, pero la polémica crea expectación y la expectación hace que su obra salte de boca en boca; algunos periodistas ya hacen bromas, proponen un cambio de nombre para la pintura, llamarlo “explosión en una fábrica de tejas” otros ofrecen recompensas, “diez dólares al que encuentre la mujer desnuda”, Duchamp suspira, en sus manos descansa un diario, al abrirlo encuentra un chiste gráfico en el que una marabunta de personas bajan tropezándose las escaleras del metro, bajo el título “mirando Nueva York con un cubista, los paletos descendiendo escaleras”, suspira de nuevo, sonríe después, que coño, en el fondo, no puede dejar de sentirse halagado.

2 comentarios:

Markos dijo...

No me extraña que una horda de paletos reprimidos corrieran a ver un desnudo convencional. Una provocación estupenda y una forma de llamar la atención que suele ser efectiva. Una vez que el foco está sobre la obra, sólo hace falta algo de paciencia para ver cómo hay alguno que empieza a ver cosas y disfrutarlas.
"Es bueno que hablen de uno, aunque sea bien..." :-D
Salu2

Javier Font dijo...

Supongo que lo realmente curioso es que esa horda de críticos inmisericordes fueron los abuelos de aquellos a los que hoy en día se les hace el culo un azucarillo cada vez que ven una imbecilidad del señor Hirst (por ejemplo).