martes, 22 de marzo de 2011

No quedan hombres buenos en Sodoma


Abel mira hacia el cielo, o al menos hacia el lugar donde debiera estar el muy cabrón, azul y reluciente paraíso, allá arriba, tras las nubes y la niebla, la jodida niebla mañanera, es un día de primavera temprana de ésos que hielan las pelotas y el alma, por ése orden, primero las pelotas, luego el alma, el que la tenga, piensa Abel, mientras se frota las manos e imagina a su hermano rodeado de angelitos, con las alas extendidas, dándole palmaditas en la espalda y a San Pedro abriendo de par en par las puertas del lugar, todo precioso, arpas, coros y demás parafernalia, gente rubia, gente limpia, Abel sonríe, después tose, sorbe los mocos y construye poco a poco un gargajo en su garganta, denso y de colores, piensa de nuevo en el bendito y afortunado santurrón, está mejor muerto que vivo y después hace el amago de soltar el lapo, pero se contiene ante la mirada del cura, paladeando obligado el salivazo medio minuto más, hasta que en un descuido del Pater lo escupe disimulando, estrellándolo a diez centímetros del fiambre de su hermano, bonito recuerdo para pasar la eternidad, no pasa nada, seguro que eso a él no le importa demasiado.
Mal momento para morirse, si es que hay alguno bueno, justo antes de que cante la calandra, antes de que responda el ruiseñor, antes de que los enamorados sirvan al amor, justo antes de que los almendros se pinten de blanco y a los muy cristianos habitantes de éste lado del planeta tierra se les revuelvan las tripas pensando en la mujer del vecino, uno debe morirse siempre en invierno, es lo decente, es lo justo, Abel se dice a sí mismo y resopla envuelto en palabras, verborrea imposible de contener que le ataca por los cuatro costados como mosquitos en el río, adjetivos y adverbios que zumban y pican, hasta que consiguen robar por un segundo escaso la atención de su cerebro de chorlito.
Abel mira al cura, y lo hace intentando ocultar un bostezo, estudia al santo varón con detenimiento, aparentando estar muy atento a sus palabras, está viejo y rojo, rojo de ira y de tinto joven, abre la boca y pronuncia contundentemente, con una perfecta dicción, lengua bien entrenada en la tabernas del Vaticano, capaz de diseccionar de un lengüetazo al más terrible de sus enemigos, habla, predica y salpica, amenaza y extiende de vez en cuando el dedo tieso, apunta dispuesto a disparar; pum, pum, pum, Abel sabe que las palabras y los dedos tiesos matan más que los rifles y sin demasiado esfuerzo cierra los ojos y hace que su hermano Manuel reviva en su memoria, el mismo que ahora luce su el careto lívido y la pata estirada, el mismo que yace a sus pies dispuesto a criar las más bellas malvas de la provincia, el único hombre bueno del pueblo, el único tipo decente de la comarca, estas con Dios pedazo de gilipollas, si tú no lo estas, el cielo debe ser un lugar bastante poco concurrido; hay que ver, curiosidades de la vida, debe ser el rigor mortis pero el finado parece que le sonríe, parece que se va a levantar de nuevo, cinco años después en el mismo sitio, cual Lázaro cojo frente a la tapia del cementerio dispuesto a hacer la misma gilipollez,, a mandar a tomar por culo a todos, a tropezar otra vez en la misma piedra, ésa que algunos llaman decencia.
Abel le recuerda perfectamente, y mientras le retenga en su memoria, Manuel no estará del todo muerto, levanta la mirada y se detiene en los agujeros de bala de la pared, aún en su sitio, al lado del ciprés bajo el que descansa medio pueblo, unos ordenados y alineados en cajas de pino y otros revueltos, apiñados, que para eso inventó Dios las fosas comunes, aparece ahora en su retina recortado por la luna, de pie, fusil en mano mientras el Pater reparte extremaunciones mucho más joven, con más pelo y menos arrugas, y Cándido, el sargento, pone en fila al personal en dos líneas, una para a matar y otra para morir, hay que hacer bien las cosas, dice de nuevo el muy carbón, profesional hasta la médula mientras amartilla su Astra ante las miradas de pánico de aquellos que aún no tienen lo ojos vendados.
Recuerdos que confunden dos líneas temporales, dos líneas de personas y un lado que sigue respirando, Abel se estremece, recuerda a Manuel alucinado mirándole fijamente y negando con la cabeza, diciendo de repente “no, no, no, yo a ésa gente no la mato” y al propio Abel disimulando, a punto de el colapso, susurrando, “calla la boca subnormal, o los matas o te unes al grupo”; así es la vida, unos matan y otros mueren, unos comen y otros son comidos por los gusanos, Abel recuerda, y cuanto más recuerda más ganas tiene de gritar, de salir corriendo del camposanto a beberse una botella de aguardiente en honor del capullo de su hermano, recuerda sus palabras y por un segundo parece que las escucha de nuevo, como si hubiesen dado la vuelta al mundo, como si hubiesen llegado al punto de origen cinco años después para volver a colarse entre sus tímpanos “si me tiene que matar que me maten, pero yo no fusilo a ésa gente”, y el muy idiota suelta el fusil, lo tira al suelo pero como es de noche nadie lo ve, mientras a Abel se le arrugan las tripas y por primera vez en su puñetera vida piensa rápido, al ver que el sargento les mira de reojo, antes de que tenga que dar explicaciones apunta a la pierna de su hermano y le mete un tiro limpio entre las carnes y el hueso.
Un disparo antes de tiempo, una salida en falso para un pelotón nervioso, el sargento ve caer a uno de sus hombres y grita, “fuego a discreción”, y docenas de pequeños truenos iluminan la noche de verano, los hombres en fila caen, su sangre estalla y salpica la tierra, los cuerpos se doblan y escupen su último aliento entre las tumbas de sus antepasados.
Abel aprieta los dientes, al recordar el careto de Cándido tras la refriega, al preguntar quien coño ha disparado a Manuel que se retuerce de dolor en el suelo, “ha sido el imbécil de su hermano, que no sabe poner el seguro al rifle”, Abel resopla, ahora recuerda el chasquido de su nariz al recibir el puñetazo de la benemérita.
-Y maldita sea mi estampa, que martiricen mi cuerpo y machaquen mis entrañas, que me arrojen desnudo a predicar la palabra de Dios en las Nínives del Este si resulta que el Señor no es capaz de acoger en su seno hasta el último y miserable bastardo del planeta tierra, hasta el último de los cobardes que han dudado de su infinita misericordia, que han quebrado sus promesas y principios que no han atendido a su santa palabra…
Bla, bla, bla, a la mierda, si no ha pillado el escupitajo, seguro que no se da cuenta de el bostezo, Abel abre la boca de buzón que dios le ha dado y justo en ése momento, los ojos del viejo se clavan en él, hacen sangre y detienen el sermón el funeral oficiado para dos sepultureros, un pariente y un fiambre.
-Pedazo de animal, miserable rata, nieto, hijo y hermano de cobardes y mujeres públicas, ¿te aburro?, ¿resulta quizás demasiado tedioso el funeral de tu propio hermano?...
Abel tarda en darse cuenta, porque siempre ha tenido problemas para recomponer en su cabeza las palabras que llegan en forma de sonidos a sus tímpanos, lentas pero seguras, éstas rebotan en las caras interiores de su sesera hasta que misteriosamente cobran sentido y hacen que el idiota de Abel se yerga y se cuadre como le enseñaron a hacer hace años, busque sin demasiado éxito rápido una respuesta, una que le permita aplacar la ira de Dios.
-Discúlpeme Pater, estaba pensando.
-¿Pensando tú?, válgame Dios, si eso es imposible, ¿y se puede saber que demonios se pasaba por tu cabeza?
-Estaba pensando en el día en que dejé cojo al Manolo, ¿se acuerda?, en el panadero, en el medico y en los hijos de Simón, joder Pater, me estaba acordando de el día en el que los matamos a todos.
Al Páter se le cambia el tono rojo de la cara, por uno mucho más blanquecino, que le asemeja al cadáver que tiene delante, el viejo ahora parece más viejo, con la verborrea que le manaba desde la garganta como una fuente inagotable seca de repente y mudo por la gracia de Dios, al final suelta un lacónico…
-Eran gente peligrosa, tenía que hacerse…
-Ya Pater, así es la guerra, yo solo pensaba en algo más sencillo.
-¿En que?
-Que desde que matamos al panadero, el pan es una mierda en este pueblo.

3 comentarios:

Markos dijo...

Terriblemente amargo, ácido, irónico y genial relato.
Salu2

La fleur vénéneuse. dijo...

Me encantó.

Manuel dijo...

Me tienes totalmente enganchado a tu blog, tienes un estilo de narrar que me repulsa y atrae, pero que hace que no deje de leer cada una de las entradas.

Enhorabuena, buen blog.