lunes, 6 de febrero de 2012

Mary versus Venus






El diez de marzo de 1914 Mary Richardson tiene una luminosa idea, armada con un hacha de carnicero se presenta en la National Gallery de Londres y sonriente se dirige a la sección de pintura española, frente a ella, mujer contra mujer, encuentra recostada sobre el diván a Venus, que la observa indolente a través del reflejo de su espejo; la mujer del retrato está viva, parece respirar atrapada entre el lienzo y el óleo, acaricia el pelo sobre su nuca y levanta suspiros entre los hombres que la miran de reojo, que disimuladamente anhelan su cuerpo desnudo y salivan al ver su piel delicada, de diosa.
Mary es una luchadora, una idealista, pero tiene un problema, es idiota, confunde la velocidad con el tocino, está enfadada y quiere cambiar el mundo, quiere destruir injusticias atávicas, conseguir la igualdad entre el hombre y la mujer, quiere poder votar; para ello, para ser escuchada y llamar la atención del mundo cruel, Mary decide liarse a hachazos con la Venus de Velázquez, apuñalar su espalda perfecta; levanta el arma y con el primer golpe rompe el espejo protector ante la mirada de pánico del guarda de seguridad que comienza a correr hacia ella, se da prisa, levanta de nuevo el filo y esta vez golpea sobre la tela, sobre la carne de óleo, la apuñala una y otra vez sin salpicarse con su sangre, mientras el guarda se resbala sobre el suelo encerado y cae, para cuando consigue levantarse y abalanzarse sobre la agresora, la Venus tiene siete puñaladas, siete enormes sietes sobre el lienzo.
Mary grita, sonríe, su cerebro de chorlito piensa que por apuñalar a la Venus, el mundo es ahora más justo, se equivoca, después de la agresión, simplemente es un poco menos bello.


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