jueves, 24 de mayo de 2012

Los seres de cartón piedra lloran lágrimas de cocodrilo.





I.-

Da igual, es inútil, piensa el buen camarada K, mientras calienta sus manos heladas con el aire que da forma a su propio aliento, frota sus dedos insensibles por el frío unos contra otros y consigue que la sangre, esquiva y juguetona, vuelva a acariciar la cara interna de sus huellas dactilares; podemos construir un mundo en vertical, podemos levantar murallas de cemento, reforzarlas con piedra y acero, estudiar su diseño y mejorarlo, añadir defensas y parapetos, sacos terreros y alambres de espino, piensa  mientras mira entre sus uñas, donde la tinta dibuja una perfecta línea roja que se desborda por los laterales y a punto está de manchar los puños de su camisa, podemos subirnos a ésas torres y desafiar al temporal, armarnos hasta los dientes, continúa, podemos escupir al cielo y matar a nuestros enemigos, renegar de los Dioses, elegir hombres y divinizarlos, podemos sentirnos enormes y listos, seres maravillosos, grandes de espíritu, pero no será mucha la distancia que nos separe del niño que se refugia tras las murallas de un castillo de arena, porque el tiempo juega con ventaja, sus ejércitos de minutos y segundos, de días, meses, años y lustros, arremeten con fuerza, arrancan cada una de las escamas de nuestra piel de cocodrilo.
Da igual, vuelve a pensar entre susurros, en voz baja, por si acaso, como si sus pensamientos pudieran ser escuchados, intervenidos y fiscalizados, censurados con una tinta espesa, negra y densa como el olvido, como si en lo más profundo de sus neuronas, usando su alma como escritorio, un diminuto funcionario, un diminuto clon de sí mismo, pudiera denunciar al pueblo la impureza subversiva de su mente; rugen sus tripas, se remueven sus entrañas, el camarada K siente hambre, mientras espera la ronda de cartas se muerde la uña de su dedo pulgar derecho y encuentra en su superficie un ligero regusto metálico, suspira y para cuando el último átomo de oxígeno abandona sus pulmones, una nueva remesa de sobres descansa sobre su escritorio, instintivamente acaricia el metal afilado del abrecartas y con un suave golpe de muñeca el papel es cercenado, la confidencialidad violada para mayor gloria del estado.
Lee, sus ojos entrenados son rápidos, se adaptan con premura a los diferentes trazos, a los distintos puños y letras con los que lidia, como un ratón, como un ágil roedor silencioso, se cuela en un mundo que no le pertenece, escala sobre los verbos y camina dando saltos sobre los adverbios, sobre los sustantivos, sobre el sentido oculto de cada frase, sobre el mensaje forjado con letras y tinta; lee y al hacerlo encuentra las palabras de un hombre enamorado, él la ama, piensa tras la breve lectura, anhela su presencia como la tierra el agua de mayo, como los girasoles la luz del sol, como un padre la risa de su hijo.
Continúa, un escalofrío recorre su espalda hasta la base de su nuca, recuerda, las frases del joven enamorado son las tuyas, no estaban perdidas, resulta que han rebotado por el mundo durante una vida entera, hasta volver al punto de partida, transformadas, dirigidas a los oídos de otra mujer pero en esencia iguales; el buen camarada K traga saliva y rasca su coronilla despoblada, después resopla, suspira y aferra el sello, tacha “te amo” y golpea la superficie del documento dejando una breve impresión roja con la palabra “censurado”.
Piensa por un segundo, gira su cuerpo y coloca los dedos sobre la máquina de escribir, al golpear las teclas, suena una música conocida, la banda sonora de su mundo en destrucción, su informe termina con un rutinario “no hay amor más grande que el que uno siente por la patria” y después suspira, un soplido de aire caliente es emitido hacia el cuenco que forman sus dedos entrelazados, firma el folio blanquecino, tras la ventana cae la nieve, y mezclado con los copos, una voz metálica acude puntual a su cita desde los altavoces. 
-Recuerda camarada, el pueblo es uno, el pueblo esta fusionado con nuestro amado líder, es el cuerpo que Él gobierna, es el puño con el que Él aplasta a los enemigos de la nación, Él no tolera debilidades, vigila y denuncia, buen camarada no permitas que los enemigos….
Clic.
El buen camarada K desconecta, voluntariamente corta el cable que une su mente con el mundo externo.
Palabras, el poder de la palabra, algo tan sencillo, tan simple como una breve mezcla de fonemas articulados, organizados en su garganta y emitidos en el lugar equivocado, en el momento equivocado, tienen el don de la vida, el don de la muerte, piensa, pueden destruir tu mundo, todo lo que amas, mira su propia firma sobre el informe, un trazo firme, negro como su esencia, una tinta oscura que se extiende más allá del papel, escala por su piel hasta su garganta, donde se convierte en soga, aprieta la laringe hasta interrumpir la entrada normal de oxígeno; el buen camarada K siente la cuerda de tinta sobre su cuello, pesa demasiado, nota de repente una náusea, una arcada que amenaza con ascender por su esófago cargada de desesperación.
K respira hondo, consigue zafarse, el estómago vacío ayuda a contener el vómito, se levanta y camina hasta su superior con paso tembloroso, se cuadra y dice.
-El camarada K solicita permiso para ir a hacer sus necesidades. 
El joven oficial al cargo aún tiene granos de adolescente, no le mira, no responde, levanta la mano indolente, K camina deprisa hasta las letrinas, empuja una puerta blanca desconchada y vomita sobre un agujero apestoso, una mezcla de bilis y palabras a falta de alimento, letras y secreciones que son engullidas por la oscuridad, mezcladas con la mierda se pierden como cada día en las entrañas de la tierra.
Termina, busca en su bolsillo y encuentra un pañuelo bordado, se lo acerca a la boca y aspira, como si el filtro de tela pudiera contener un minuto más el grito que se cuece a fuego lento en su garganta, limpia la comisura de sus labios de restos amarillentos, seca las minúsculas gotas de sudor que asoman en su frente, se recompone, aprieta los dientes, saca su pene y orina, mientras lo hace escucha de nuevo los altavoces.
El amado líder nunca falla, el amado líder ha escrito miles de libros, cientos de operas, cuando nació la naturaleza se estremeció, señales inundaron el cielo y la tierra, Él no defeca, Él puede leer la mente de sus enemigos, Él es capaz de hacer los dieciocho hoyos de un campo de golf de un solo golpe.
El camarada K podría reír, pero dibuja una mueca en su rostro afilado, mira hacia la sombra que su cuerpo proyecta sobre el suelo y se muerde la lengua.
Dilo.
El camarada K aprieta los dientes.
Di la puta frase. Piensa.
-Viva el amado líder.
Dice al fin en voz alta, después traga saliva, aliviado, se da la vuelta, camina de vuelta hasta el gran recinto, donde dos grandes puertas permanecen cerradas, extiende la mano, gira el picaporte y al entrar se encuentra a sus cuarenta compañeros de sección de pie, gritando; unos se tiran del pelo, otros golpean su pecho, otros caen de rodillas y aúllan de dolor, impactado, el camarada K, gira su cuello rígido hacia el pálido rostro del oficial al mando.
-¿Camarada oficial, qué ocurre?
El niño con galones tarda en responder, la nieve ha invadido su tez, intenta articular sus palabras, al final habla, dice.
-El amado líder ha muerto.
Otra vez palabras, fonemas, sonidos que llegan hasta sus tímpanos, rebotan sobre ellos y hacen que éstos, bloqueados, tarden unos minutos en procesar la información y en trasmitirla a su abotargado cerebro.
Está muerto. Piensa K.
-Ha muerto.
Repite el oficial, mientras entorna sus ojos.
-¿No sientes dolor, querido Camarada K?  
Despierta.
K despierta de un sueño en su cuerpo petrificado, transmutado en un hombre de cartón piedra, atrezzo de comedia sin sentido del humor, si sospechan acabarás en sus manos, tú, tus hijos, tus vecinos, tus padres, tus hermanos, aterrado por la pregunta se deja caer sobre sus rodillas y presto comienza a tirarse del pelo, a golpear su pecho, a gemir sin consuelo; contra todo pronóstico, las lágrimas surgen sin esfuerzo, son sinceras, piensa K, son las lágrimas más sinceras de tu vida, asombrado por el hecho de que aún pueda llorar de alegría.  


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