miércoles, 17 de diciembre de 2014

El atraco perfecto



A principios de diciembre de 1968 el gerente de una de las sucursales del banco Nihon Shintaku Ginko en la ciudad japonesa de Kokubunji recibió  una carta en la que alguien le amenazaba con volar su casa si la entidad no pagaba inmediatamente trescientos millones de yenes; el buen empleado comunicó el intento de extorsión a sus superiores y a las autoridades, y éstos no tardaron en proporcionar al hombre y a su familia, una escolta permanente.
Además como medida de seguridad, en todos los envíos de dinero y en el resto de sucursales se aumentaron los niveles de protección, todos los trabajadores fueron puestos en alerta.
El diez de diciembre, siguiendo con las rutinas normales del banco, cuatro guardas armados se dispusieron a transportar en coche unos 300 millones con la extra navideña de una fábrica cercana; a medio camino, en mitad de la carretera, un jovencísimo motorista de la policía, visiblemente alterado, les dio el alto.
–Bájense –dijo–. La casa del gerente ha sido atacada, sospechamos que el criminal haya colocado un explosivo también en éste coche.
Los guardas, al oír semejante historia debieron pensar “pies pa que os quiero” y obedecieron con gusto, mientras descendían del vehículo, de repente surgió una llamarada de humo y fuego bajo el motor.
–¡A cubierto, va a explotar! –gritó el madero.
Los guardas corrieron, se lanzaron a la cuneta y besaron el polvo acojonados, con el culo y los dientes bien apretados, esperaron el gran petardazo que sin embargo no se produjo.
Para cuando levantaron la cabeza, coche, policía y parné se habían volatilizado, la cara de los guardas debió ser un poema al comprobar que la supuesta bomba no era más que una bengala y que la moto policial era de pega y estaba pintada a mano.

El pájaro voló, miles de auténticos policías lo buscaron con una ingente cantidad de recursos durante años pero nunca lo encontraron y aunque lo hicieran hoy en día, el delito ha prescrito; aquel audaz tipo disfrazado y desarmado, imberbe y con cara de crío, había cometido el atraco perfecto.

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