miércoles, 3 de diciembre de 2014

La muerte de Drake






–Todo lo grande comienza pequeño –piensa el corsario mientras arrastra sus piernas hasta la luz del día–. Y todo lo grande acaba desmenuzándose, rompiéndose en trozos diminutos, en arena y polvo que se lleva la mar, la tormenta y el tiempo.
Entorna los ojos el pirata, el sol de Portobello calienta su piel enferma, deslumbra su retina y descubre una ciudad desguarnecida, una bahía tranquila y temblorosa, aterrada ante las velas del barco del diablo, luce el gran astro en el cielo y se ilumina ante Francis un mundo en tinieblas, un horizonte que es frontera, la que separa la vida de la muerte y a los hombres de los espectros.
–Es el fin –susurra el fantasma de Hawkins, salido del infierno para una última correría.
–Es el fin –piensa Drake, incapaz de articular palabra–. Mejor palmar así, sobre la cubierta, escuchando el ruido de los portones al abrirse, los gritos de los artilleros al cebar los cañones, sintiendo los leves crujidos, los sutiles quejidos y quebrantos de la Defiance mientras maniobra sobre las aguas de la bahía.
Ella parece hablarle también, despidiéndose, atraviesa el líquido elemento sin esfuerzo, con el velamen desplegado, majestuosa, fría como un cuchillo que corta la carne, preparándose para el combate.
Francis Drake se mantiene en pié de milagro, viste sus mejores galas, camisa de seda y sombrero emplumado, aferra dos pistolas de mango nacarado y una espada de gala cargada de piedras preciosas, la sangre y la mierda se escurren desde sus calzones, siente la lengua hinchada, la boca seca, las entrañas le arden y su piel está empapada de sudor frío, mortecino.
Sir Drake se muere, esa misma noche su cuerpo será lanzado al mar en un ataúd de plomo, esa misma noche cenará con el diablo, pero antes debe terminar algo, levanta la mano temblorosa y hace una señal al contramaestre Baskerville, ordena, balbucea, jadea, su aliento huele a pus y podredumbre, los fonemas pronunciados por su boca suenan como una lengua extraña, inteligible.
Es el idioma del diablo.
Baskerville escucha, asiente, se gira a los hombres y grita.
–¡Sin cuartel, que no quede un alma viva en Portobello!
Los hombres rugen, aúllan como una manada en celo, Sir Francis Drake sonríe.
–Todo lo grande empieza pequeño –piensa de nuevo, un segundo antes de que la noche se presente fiel a su cita y lo engulla sin piedad. 

No hay comentarios: