lunes, 15 de diciembre de 2014

Las semillas de la cosecha roja






El verano de 1917 un sindicalista minero llamado llamado Frank Little llegó a la ciudad de Butte, en Montana, con la intención de organizar una gran huelga contra la Anaconda Copper Company, empresa que por aquel entonces ejercía un poder absoluto sobre la región.
Little era, al parecer, un tipo seguro de sí mismo, de mentón ancho y risa potente, curtido en su trabajo. Con aire de boxeador antiguo puso el pie en el pueblo, desafiante, dispuesto a liarla, consciente de su fama y riéndose ante las advertencias y amenazas; sin embargo, poco duró el señor Little, ya que menos de un mes después de su llegada un grupo de seis matones entró una noche en la habitación de su hotel y lo sacaron a rastras hasta la calle, donde literalmente lo mataron a palos.
Su cuerpo apareció colgado de un poste del ferrocarril, con un cartel pegado al pecho en el que se detallaban los nombres de otros líderes sindicales junto a la frase “primera y última advertencia”; nunca pillaron a los asesinos, aunque todo el mundo señaló como responsable a la empresa de detectives Pinkerton, auténticos especialistas en reventar huelgas a principios de siglo; Dashiell Hammett pertenecía por aquel entonces a Pinkerton, y era uno de esos angelitos que a diario perseguía, apaleaba, espiaba y amedrentaba a todo lo que oliera a rojo o sindicalista, algo curioso, dado que muchos años después el propio novelista pisaría la cárcel por el mismo motivo.
El caso es que Dashiell, siendo ya un escritor consagrado, admitió que por aquellos años alguien le ofreció cinco mil dólares por unirse al grupo que mató a Little, oferta que por supuesto rechazó.
Quien sabe, quizás Hammett conoció a los asesinos, quizás eran compañeros de borrachera o quizás se lo inventó todo, lo que es seguro es que mientras colgaban del pescuezo a Little, en la sesera de Dashiell Hammet ya estaban bien sembradas las semillas de la cosecha roja.

Historia vía aquí y aquí 


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