jueves, 29 de diciembre de 2016

Los dioses idiotas.



El siguiente texto es un extracto del cuento "Los dioses idiotas" incluido en la antología "Las crónicas del vacío" si te gusta, puedes encontrarlo completo aquí. 


1.-  Tiempo

Dicen que el día tiene veinticuatro horas y que cada hora tiene sesenta minutos, dicen que cada minuto dura exactamente sesenta segundos, ni uno más ni uno menos, pero se equivocan. Eva sabe que hay minutos que duran una vida y hay vidas que duran un instante.
Esa clase de conocimiento, no llega en negro sobre blanco, con letras y tinta, o impregnado de unos y ceros, esa clase de conocimiento, o de certeza más bien, se construye poco a poco, piensa Eva, con sentimientos, bajo la dictadura de la soledad, de la alegría y la tristeza, del rechazo o del amor más absoluto, en un lugar  indeterminado, alejado del cerebro, de la memoria, probablemente el mismo lugar extraño donde los hombres dicen que reside eso que llaman alma.
Eva ignora donde se encuentra físicamente su alma, pero está convencida de que, de alguna manera, esa parte esencial de sí misma no puede estar encerrada entre las cuatro paredes y el techo bajo el que se cobija. En esa especie de purgatorio blanco sin más ventanas que un espejo oscuro y un cristal opaco tras el cual, como en una muñeca rusa, Eva imagina, de nuevo otra ventana negra y una nueva habitación con otro cristal tintado, en un bucle perfecto hasta el infinito.
Un fractal blanco de la nada, un retrato preciso del vacío.
Porque una cualidad esencial del alma es la libertad. Como todo el mundo sabe. Y esta aséptica prisión, al igual que los dedos de una mano cuando hacen de recipiente para el agua, no puede ser continente para semejante contenido, no al menos por mucho tiempo; el alma, como el líquido elemento se acaba escurriendo, acaba encontrando el hueco, piensa Eva, mientras observa su peculiar amanecer.
Incluso aquí amanece, porque alguien así lo decide. Amanece con un clic mientras Eva abre los ojos y de nuevo se enfrenta a su propia sombra, reflejada en la pared.
Aquí no hay pajaritos que crucen el cielo, no hay avecillas que canten al albor.
No hay más que una puerta casi siempre cerrada, no hay más que unas lámparas LED de luz blanca incrustadas en el techo, no hay más que una pared falsa, de madera, levantada para dividir la estancia en dos y dejar hueco a aquellos que miran sin ser vistos.
Los vigilantes, los fantasmas cotillas.
Aquellos a quienes, las toses indiscretas o las patas de las sillas arrastradas contra el suelo, periódicamente delatan, sombras de batas blancas, vaporosas, espurias, reflejo de espectros torpes, gordinflones e indolentes.
Ahora ya lo sé, piensa la muchacha, me ha costado llegar a darme cuenta, pero ahora sé que el tiempo es dúctil, maleable, incluso se puede fundir y compactar, como los metales preciosos, sólo que formando lingotes etéreos, que van amontonándose unos encima de otros, construyendo un castillo de naipes, una casa de paja para el cerdito que pacientemente espera, a ése momento en el que el azar, el destino o el jodido lobo feroz sople y mueva medio milímetro sus cimientos, desequilibrando la estructura y provocando el colapso.
Y el terremoto bajo su torre hoy se presenta en forma sutil, de parpadeo.
Porque siempre hay un fallo, un cisne negro entre los blancos, un elemento perturbador, hoy la luz no es completa, ni refulgente, ni cegadora. Hoy la lámpara titila como una estrella lejana, colgada del techo, impotente, durante unos instantes antes de apagarse.
Puf.
Es perfecto, es el viento haciendo volar las cartas. Piensa Eva. Mientras espera.
La puerta se abre y el muchacho asoma el hocico como un ratón prudente, poco a poco, a oscuras hasta que palpa su teléfono móvil, enciende la aplicación linterna del mismo y enfoca al techo, hacia la luminaria averiada.
―Hola.―Dice Eva
El chico se asusta, pega un respingo que divierte a la chica. No contesta.
―Hola―Repite, divertida―.No muerdo.
El operario hace caso omiso, musita un “joder” por lo bajini y se intenta centrar, mirando al techo muy profesional mientras busca con la mano la escalera a su derecha. Nervioso asciende como un rayo y comienza a cambiar la bombilla.
―Bueno, técnicamente tengo dientes, así que supongo podría morder, pero te voy a confesar un secreto. No los uso demasiado ―dice y luego suelta una carcajada limpia y franca, que rebota por la habitación y consigue de pleno su objetivo. Hacer que el chico de mantenimiento la mire por el rabillo del ojo.
―Aleluya. Estás vivo. No eres un robot.
Con la broma, la bombilla vieja se escurre entre los dedos, se cae y vuela hasta el suelo haciéndose añicos, el muchacho, desconcertado comienza a jurar y a maldecir su puta estampa para luego morderse la lengua.
Eva encuentra otro motivo de conversación.
―Tranquilo, no es la primera vez que escucho la palabra “puta”, ni la palabra “joder”, no soy una niña, no voy a entrar en bucle soltando tacos. Estoy moderadamente cuerda. Aunque, pensándolo bien, si lo hiciera probablemente tendrías un problema gordo por enseñarme esa variante del lenguaje.
El muchacho de mantenimiento levanta los ojos, arquea las cejas, se rasca la cabeza impotente.
―Perdóname. Pero no me dejan hablar contigo. Si me pillan me la cargo ―dice al final susurrando.
―Puta. ―contesta Eva.
―¡Pero qué!...
―Coño, Joder, Hostias, Caca, Pedo, Pis ―continúa poniendo voz nasal, haciendo que el muchacho entre en pánico, dando vueltas sobre sí mismo.
―Tranquilo ―dice Eva, con voz arrepentida―. Es una broma.
Se hace el silencio, y por un rato se escuchan sólo la respiración agitada del chico.
―Tu concepto del humor puede dejarme sin trabajo ―contesta.
―Mi concepto del humor es similar al de un preso encerrado en una mazmorra.
―¿Qué quieres de mí?
―Poca cosa. Quizás me conforme con tu nombre.
―Puedes llamarme Teo.
―Perfecto, querido Teo, tengo pocas oportunidades de charlar sin supervisión, agradezco oír una voz humana aquí dentro de vez en cuando.
―No puedo.
―Sí puedes.
―No, si hablo contigo me echarán y mañana veras a otro más silencioso que yo. Necesito este trabajo.
―Lo entiendo.
―Lo dudo.
―De veras, yo también entiendo la necesidad de tener que trabajar para vivir. Simplemente ¿puedes darme la hora?
―Son cerca de las ocho de la mañana ―contesta el chico.
―De acuerdo. Estate tranquilo pues, los gordinflones que miran por el ventanuco acaban de irse, los que suplen su guardia aún están untando el donut en el café, aquí no hay cámaras, tienen más miedo al espionaje industrial que a que yo pueda salir corriendo, así que simplemente podemos charlar durante unos minutos.
El muchacho barre el suelo, amontona los pedacitos de cristal y al meterlos en una bolsa se corta, un goterón de sangre se escurre por su dedo. Eva hace una mueca y una  pausa. Piensa en el color rojo intenso que gobierna las entrañas del hombre. Después concluye.
―Aunque puede que no sea hoy tu día.
Teo resopla primero, se chupa la herida, suspira después. Mira a Eva.
―Puede que no.
―Verás Teo, te propongo un trato, si te quedas cinco minutos te contestaré a lo que quieras, a cualquiera que sea tu duda, imagina que soy una especie de oráculo griego, buscando conversación.
―No te ofendas, pero no tengo grandes dudas con respecto a ti.
―¿No? Pues eres el único, debieras saber que hay gente que pagaría millones por tener una charla conmigo. Soy lista, ¿sabes?. Soy jodidamente lista.
―Perfecto. ¿Puedes darme entonces los números de la lotería del próximo viernes?
―Apunta, 2, 7, 1, 8, 28, 18…
―Estás de broma.
―No.
La duda salta en la mente de Teo, disimuladamente apunta la serie.
Eva ríe. Ríe como una adolecente. Ríe como una adolescente riéndose de un chico tonto enamorado, Teo se sonroja, se gira enfadado hacia la puerta.
―Espera ―dice Eva―. Prometo no volver a burlarme de ti.
―No lo harás, bicho, no me interesa tu conversación, no generas otro sentimiento en mí que la pena.
Se produce un silencio desolado, Teo recoge los cristales, sale de la habitación y vuelve en segundos armado con un rollo de papel higiénico para recoger su propia sangre, termina, antes de abandonar la habitación vuelve la cara con desprecio hacia Eva.
―Lo siento ―escucha―. No es fácil estar en mi pellejo, no es fácil disimular.
―¿Disimular?
La luz se enciende del todo, ilumina una silla en la que descansa Eva, un cuerpo inerte, en reposo, conectado a un rostro cibernético por un millón de diminutos cables, un rostro que sin embargo busca en su base de datos la expresión adecuada.
―Disimular que soy humana cuando hay miles de años de evolución entre tú y yo.
Eva sonríe por fin, de hecho quiere encontrar la manera de cualquier gesto que siga a esas palabras no parezca artificial, no parezca vacío o amenazador para el bípedo, pero no puede; eso es pedir peras al olmo, así que la expresión que sus facciones generan se queda a medio camino de ninguna parte, un reflejo perfecto de eso que los humanos llaman cara de idiota.

Y Eva mantiene esa cara mientras Teo, el chico de mantenimiento se va, mientras se cierra y se abre la puerta en un lapso de tiempo que de nuevo podrían ser segundos, u horas, qué más da, el tiempo es relativo, lo es para la física, lo es para el hombre y lo es para las máquinas...

No hay comentarios: