jueves, 11 de mayo de 2017

La gran novela americana tiene formato de cuento.





Periódicamente, en la vida de todo lector surge un elemento estacional e inmutable que alumbra los valles de papel y los ríos de tinta, es un elemento hecho de oro, un santo grial, que de repente recaba todas las miradas, todos los comentarios, todas las reseñas, una obra en la que cristalizan todos los anhelos, todas las envidias y todas las alabanzas de esto que llaman literatura.

Ese elemento refulgente usualmente cambia de aspecto, de diseño, de autor, pero raramente de temática y tamaño, y por supuesto nunca cambia de nombre. Estoy hablando de la “Gran novela americana”

Por encima del lector, más allá de las montañas, refulgiendo en el cielo de los grandes literatos, surge, brilla y repica, llamándonos a la oración, prometiendo la salvación eterna, ungiendo a sus seguidores con el estigma de la modernidad.

He de reconocer que como creyente viejo que soy, cada vez que veo esas señales arrugo el morro y con desgana me preparo para la travesía por el desierto, atento a las palabras, atento a la estructura, y anhelando encontrar una vez más esa gran obra que me deje con la boca abierta, con el alma apretada, zarandeada y erosionada, pero feliz.

No sé qué coño es la gran novela americana pero últimamente cada vez que me enfrento a su sello de garantía, me pierdo, me aburro y empiezo a contar las normalmente innumerables páginas que quedan frente a mí para llegar a las tres letras mágicas, al paraíso perdido de los elegidos. 

Sin embargo, a veces la fortuna pone inesperadamente frente a mí, sin fanfarrias ni sermones, textos que me indican lo que debiera ser, obras que me transportan a esas ciudades hechas por tipos teóricamente hechos a sí mismos, pobladas por mujeres que se olvidan de respirar, esos vecindarios de casas con porche, con perro en el patio y pickup a la entrada, plagadas de seres que envuelven su desesperación con papel celofán,  esas sociedades donde la vida se disfraza, la muerte se camufla, se ignora o directamente se decora, una vez al año, con colmillos de juguete y calabazas de plástico.

Es gracioso, casi ridículo, ver las cabriolas y malabarismos que los orgullosos ciudadanos del primer mundo hacemos con tal de aplazar la gran pregunta existencial, ese gran “que cojones hago aquí” que llena las mesillas de alprazolam.

A veces me acerco, a veces disfruto, a veces encuentro antologías de cuentos como este singular “Alfa, Bravo, Charlie, Delta” de Stephanie Vaughn publicado por Sajalin Editores que me hacen recordar a Salinger con una sonrisa, que me hacen pensar que la gran novela americana, quizás tiene formato de cuento.

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